Recepción de lectores
Alex Grijelmo, por qué español y no castellano
El castellano que recibimos en el Continente hispánico no era el de Castilla. Nuestro castellano tenía ya la influencia de otras lenguas de la península como el vascos, el catalán, el gallego, el aragonés, etc.,

Miguel Cervantes
En su excelente ensayo, Defensa apasionada del idioma español, Alex Grijelmo (Madrid, Taurus, 1998, 296pp.), toca con el humor necesario para exponer un tema generalmente árido y hacerlo agradable al exigente gran público que nunca muestra interés por lo que se dice de la lengua que le sirve para comunicarse: “También aflora en esto un complejo: el de los castellanos que penan por culpas ajenas”, escribe Grijelmo, y agrega: “Fueron Franco y su régimen fascista los que aplastaron los derechos propios de catalanes, vascos y gallegos (y todos los demás derechos del resto de los españoles, lo que a veces se olvida desde posturas nacionalistas muy preocupadas por arrogarse el monopolio del sufrimiento durante la dictadura, y aun durante la democracia). Pero, como ha recordado muy acertadamente el crítico literario Miguel García Posada [El País, 3/9/98], recuerda nuestro autor: ‘el castellano no domina hoy el territorio español como consecuencia de la expansión militar o imperial. Su rango dominante deriva de que en un momento dado, durante la Edad Media, se convirtió en lengua franca —como hoy el inglés en el mundo— de quienes no sabían latín y hablaban vasco, aragonés y catalán y se sirvieron de una coiné vasco-castellano-navarroaragonesa como instrumento de intercomunicación [...]. Por eso, al comenzar el siglo XVI, cuando aún no se habían producido agravios políticos de ningún tipo, [las leyes de Felipe V; que son centralistas y ajenas a la tradición española], el castellano era la lengua de todas las Españas —de todas, no de una; hace bastante tiempo que se conoce la pluralidad nacional, la cual dista de ser un invento del irredentismo. Lo de la lengua del imperio o frases similares ha sido una trágica necedad de la ultraderecha fascista’”.
En República Dominicana, por lo general, tenemos la natural tendencia a apropiarnos de querellas ajenas. Entre esas disputas que aparentemente no nos conciernen se encuentra la sempiterna discusión de si debemos decir “lengua española” o “lengua castellana”, como se denomina nuestra lengua en varios países del Continente hispánico, Perú, Bolivia, México, Guatemala, Colombia, Chile y Paraguay entre otros países donde sobreviven lenguas autóctonas.
Si hurgamos en la historia reciente de nuestro país podríamos asociar el contencioso lingüístico con la caída de la dictadura de Trujillo en 1961, pues, como nadie ignora, entre la política cultural del nefasto y odioso régimen figuraba una defensa apasionada de la lengua que hablamos desde hace más de cinco siglos y que siempre se ha conocido como “española”.
Esta denominación no se nos impuso a partir del 16 de mayo de 1930. Nos es suficiente un somero repaso particular a la historia del idioma español en República Dominicana para constatar que desde los tiempos remotos de la colonia en el siglo XVI, pasando por los dos siglos de abandono imperial, por la cesión de la isla a Francia en 1795, la ocupación haitiana de 1822-44 y las dos intervenciones militares de Estados Unidos a principios y finales del siglo XX, en nuestro tan lingüísticamente amenazado no hay registro de que se le haya llamado castellano a nuestra lengua, aunque algunas de las tantas universidades privadas, como una manera de ponerse a nivel de una falsa porfía, elaboren sus programas con el adjetivo “castellano” en lugar de “español” de la famosa y temida materia básica. Esto no debe ser porque esas academias alimentan una gran polémica, pero, como veremos más adelante, un falso problema.
Contrariamente a los países latinoamericanos de Tierra Firme, en la isla Española, de la lengua autóctona, taína, sólo sobreviven algunos vocablos que han sido incorporados en el español dominicano e incluso al español en general, como por ejemplo casabe, la famosa torta de maíz que algunos chuscos dicen que es lo “mismo comérsela que echársela en el bolsillo”.
Si decía que acostumbramos a apropiarnos de querellas ajenas, me refiero a la que se desató en España a raíz de la muerte de Francisco Franco en 1975. Una polémica que, además de regionalista, era lingüística. A partir de la apertura democrática que experimentó la España postfranquista, luego de más de treinta años de férrea dictadura, hubo quienes se empecinaron en querer demostrar que el castellano, la lengua de Castilla, había sido impuesto por el dictador en perjuicio de las demás lenguas que se hablan en las diferentes regiones de España, verbigracia el catalán, el vasco y el gallego, entre otras. En realidad, Franco no impuso el castellano, pero sí hay que reconocer que prohibió que se hablaran, enseñaran y se publicaran libros en dichas lenguas tan hermosas y tan o más antiguas que el propio castellano. Esta interdicción de Franco, hay que reconocerlo, es una suerte de “lingüicidio”, si se me permite el neologismo, pero no impuso el castellano como lengua oficial de España, porque ya lo era, como hemos visto, desde el siglo XVI bajo el nombre de “lengua española”.
Pero no somos únicamente los dominicanos y españoles postfranquistas los únicos que enarbolamos la bandera de la sutileza lingüística de castellano y no español. En América central, y también en la del sur, existe la disputa, con la preferencia, contrario a República Dominicana, de llamar nuestro idioma “castellano”. Como los regionalistas españoles, en muchos países de la América hispánica coexisten otras lenguas importantes del punto de vista de sus hablantes (el quechua, en Perú), que, como una reacción al conquistador español, se inclinan por la apelación que, del punto de vista histórico, resulta incorrecta. Sin embargo, como en las España, el español es la lengua franca de ese inmenso continente descubierto, conquistado y colonizado por los españoles.
El español, idioma común, como bien señala García Posada, data de la Edad Media. De igual modo, para reforzar lo anterior, piensa Rafael Lapesa en su Historia de la lengua española: “La comunidad hispánica tenía su idioma. ‘La lengua castellana —decía Juan de Valdés en 1535—- se habla no solamente por toda Castilla, pero en el reino de Aragón, en el de Murcia con toda el Andaluzía y en Galizia, Asturias y Navarra; y esto aun hasta entre gente vulgar, porque entre la gente noble tanto bien se habla en todo el resto de Spaña’. Esta afirmación de Valdés respondía a un hecho innegable: el castellano se había convertido en idioma nacional. Y el nombre de lengua española, empleado alguna vez en la Edad Media con antonomasia demasiado exclusivista entonces, tiene desde el siglo XVI absoluta justificación y se sobrepone al de lengua castellana. En esta preferencia confluyeron dos factores: fuera de España la designación adecuada para representar el idioma de la nación recién unificada era lengua española; dentro de España aragoneses y andaluces no se sentían partícipes del adjetivo castellano y sí de español”.
Fuera de España la acepción de “lengua española” es aún más justificada. El castellano que recibimos en el Continente hispánico no era el de Castilla. Nuestro castellano tenía ya la influencia de otras lenguas de la península como el vascos, el catalán, el gallego, el aragonés, etc., porque fueron personas de toda España quienes viajaron y se establecieron en nuestros países respectivos desde los lejanos años de la colonización. A esto se le agrega la enorme influencia del inglés de Estados Unidos, del portugués (de Portugal y Brasil), la influencia del francés y del italiano (en menor grado), de palabras taína en República Dominicana, Cuba, Puerto Rico e islas de El Caribe, así como de otras lenguas aborígenes en el resto del Continente. Esa lengua que les resulta común a 19 países de América y Europa, y uno en África, fue en su origen el castellano, hoy, sin negar su procedencia ni asumir querellas ajenas, no se le puede denominar de otra forma que no sea “lengua española”.
A propósito de los diferentes acentos o fluctuaciones de la lengua española del Continente hispánico, Pedro Henríquez Ureña en “El lenguaje”, plantea: “En la región vecina no se habla muy bien: se canta o bien se pronuncia con dureza; además, se usan términos distintos: la flor que aquí recibe este nombre allá recibe aquel otro... Si el idioma existe en varias naciones, es frecuente que las diferencias en el modo de usarlo se consideren desagradables, aunque a veces (si a tanto se llega) se admita que teóricamente son correctas. En ocasiones, se sabe que en otra región del país se usa una especie de habla inferior, parecida al idioma propio o enteramente diversa de él: a esa se le llama, con desdén, dialecto”. Sin embargo, a pesar de las diferentes tonadas o acentos que distinguen a los hablantes de los 19 países hispánicos de América [sin olvidar a los de Estados Unidos y África], aunque una gran parte de ellos pretenda hablar “castellano”, todos mal que bien hablan la lengua de las España: ¡Español!