Arquitectura
Breve reflexión sobre la enseñanza de la arquitectura
Cada uno de nosotros estamos formados por principios innatos, por esto somos singularidades, descubrir esto es nuestra función, nuestra naturaleza y es desde allí que debe nacer el proyecto.

VENECIA - IUAV– Sede de Urbanismo CA' TRON .
En tres de las universidades donde he tenido el honor de impartir mis conocimientos he notado un denominador común. Las universidades donde se enseña arquitectura, “instruyen”, no “educan”, hay una diferencia enorme entre estos dos términos. Instruir es una actividad que tiene su fundamento en el mundo técnico-científico, quiero decir aprender a hacer cosas que en realidad nosotros sabemos hacer. Educar, que en alemán se puede traducir en “bilden’, cuya raíz “bild” en inglés “build” quiere decir construir, Building, edificio. Bild significa también “imagen”, educar significa llevar a la evidencia la imagen que está escondida en nuestra matriz (en nosotros). Educar entonces significa hacer cosas que no sabemos hacer todavía. Un proyecto es algo que debemos hacer y que requiere de un proceso que no sabemos hacer completamente pero que es necesario desarrollarlo para llevarlo a cabo. Porque los temas de los proyectos son siempre nuevos, las ideas no salen al improviso, como relámpagos. Para elaborar un proyecto, los arquitectos deben resumir todo lo que les antecede del punto de vista de la cultura y de la arquitectura, los arquitectos de cada generación deben refinar los temas arquitectónicos cuanto posible para poderlos entregar a nuestros sucesores de modo de continuidad y desarrollo de la historia. Este concepto que en la Cultura hebrea se conoce como” Tiempo del Proyecto” y que viene llamado “Olam”, que en la cultura griega ha sido traducido como “Aión” el “Eterno”. Sin embargo, Olam no quiere decir “el Eterno”, más bien se refiere al tiempo necesario para que el proyecto venga desarrollado y realizado en su totalidad, implicando con esto todo el sentido de la civilización, nuestra generación está justificada por 2000 años de historia, somos el resultado de esa evolución, de años de “progreso”, aun con la falsa idea que la historia es progresiva y que el progreso mejora cronológicamente. Cada uno de nosotros suma todos los tiempos, desde que nacemos adquirimos automáticamente todo el desarrollo de 2000 años de civilización, de no ser así nuestros pensamientos serían limitados y atrasados, todo este desarrollo de la civilización se aplica a la práctica de la arquitectura. Una palabra extraordinaria que puede definir la sensación que produce en nosotros la buena arquitectura, aquella arquitectura que sobresale en su tiempo y en el espacio es la palabra “encanto”, el “asombro”, la maravilla que viene producida por el enigma que produce el proyecto y cuyo resultado no puede ser decodificado automáticamente, este es el punto que interesa a las Escuelas de Arquitectura. La Universidad constituye un “Tiempo Especial” para cada estudiante, porque el tiempo de la universidad pone en juego una dimensión importante de nuestro tiempo y de nuestra vida. He comprobado que en un curso de Composición arquitectónica (Diseño), la organización más eficiente, es dar un solo proyecto a desarrollar a la entera clase (algunas universidades dan 2 o 3 proyectos por cuatrimestre), quince o veinte estudiantes por clase desarrollan en unas 100 – 120 horas un solo tema arquitectónico. Allí entra en función la capacidad del docente de crear las fases de desarrollo y guiar al estudiante a la fase final de producir el “encanto”, el resultado es siempre una incógnita, basada en un presupuesto y un resultado, allí es la capacidad del docente lo que hace la diferencia, este, controla todo lo que hace el estudiante y lo que no hace, su interés y desarrollo del ejercicio y lo sigue paso a paso. El profesor debe tener el conocimiento y la lucidez de lograr acercar al estudiante a sentir la experiencia de lo estupor y del encanto, esto requiere concentración, dedicación, precisión, etc. En arquitectura no hay ninguna dimensión abstracta que no pase a través de la cuestión de la materia. Las otras artes, danza, música, cine, etc. no tienen la materialidad de la arquitectura, no poseen su presencia física delante de todos nosotros. Con esto no quiero insinuar que es más difícil diseñar un proyecto de arquitectura que escribir un libro, la dificultad es la misma, escribir un libro, escribir una canción, etc. tienen la misma dificultad. Solo que la arquitectura da forma a la materia.
En el docente está la responsabilidad de guiar al estudiante hacia un resultado incógnito pero que, trabajado correctamente podría llevar el estudiante hacia lo estupor de la emoción, de la maravilla, de un resultado enriquecedor, es un resultado que no sucede automáticamente, es una esperanza a la cual el estudiante debe ser guiado hacia ese mundo fantástico que es la arquitectura. Es fundamental la actitud del docente y la capacidad de involucrar los estudiantes. La docencia tiene un valor inestimable. Enseñar implica grandes responsabilidades y su valor es incalculable, para que esto sea realmente así se necesita una buena formación y el deseo de estar siempre al día. No basta con transmitir los conocimientos, es necesario mediar entre el conocimiento y los estudiantes. Considero que la función de un profesor universitario es aquella de provocar al estudiante a investigar a informarse del universo extraordinario que está detrás del conocimiento. No siempre se logra, pero es importante transmitir la pasión a los estudiantes, la respuesta de estos muchas veces no es inmediata, pero, aunque si no se logró el encanto mencionado, queda siempre la provocación y un interés sucesivo. He llegado al aula muchas veces convencido de maravillar a los estudiantes con un tema que no conocen, al final de la clase me doy cuenta de que el único maravillado fui yo.
Cada uno de nosotros estamos formados por principios innatos, por esto somos singularidades, descubrir esto es nuestra función, nuestra naturaleza y es desde allí que debe nacer el proyecto. El proyecto debe tener las dos “P”. La mayúscula es el crecimiento de uno mismo y la otra “P” minúscula son todos los proyectos que logramos hacer en nuestra vida. Estas “P” se deben sumar, en ese momento toma la dirección el tiempo del proyecto podríamos decir “olámico”. No nacimos para inventar, más bien para mejorar la fascinación en el mundo en que vivimos.
A partir de los años 70, las facultades de arquitectura se han multiplicado enormemente y esto hace imposible tener suficientes docentes que hagan correctamente su trabajo, la cantidad baja enormemente la calidad. Sería importante tener un departamento a manera de academia al interno de las universidades donde se trate del concepto profundo de la arquitectura. El tema arquitectura es un tema “herético” con respecto a este tiempo. Recordemos que no ha existido ningún gran arquitecto que no haya sido un arquitecto herético. No lo digo en el sentido que el herético debe andar a quemar alguna cosa. Quiero decir que su pensamiento es externo a la modalidad común que hoy tenemos en el pensamiento de esta disciplina. Nosotros vivimos porque imaginamos nuestros símbolos y normalmente juzgamos las cosas que consideramos negativas solo a través de nuestra sequía interior. Valorizamos las cosas con los ojos del invisible y tenemos dificultad a entender lo que vemos con los ojos del visible. La arquitectura está hecha de invisibles, pero se materializa siempre en el visible. Si en la arquitectura construida no percibimos algo que “vibra”, que emocione, esa arquitectura no vale nada. Porque las imágenes “vibran” en todas las superficies de piedra, de ladrillos, etc. de cada obra de arquitectura.