Contra la muerte de la arquitectura
En 2008, Vittorio Gregotti (1927–2020) publicó su libro “Contro la morte dell’Architettura (Einaidi editore). Libro, donde Gregotti toma distancia del “posmodernismo” y el “deconstructivismo” de moda en esos tiempos. El esfuerzo de Gregotti era la reafirmación de una relación de continuidad con la larga duración de la historia de la arquitectura. La arquitectura, como la aprendimos y la entendemos nosotros, en los últimos treinta años parece no interesar a nadie, las formas actuales se diseñan de manera independiente al contenido, los proyectos se limitan a la construcción de imágenes. Sin embargo, los materiales con los que trabaja el verdadero diseño arquitectónico son numerosos y complejos. Al diseñar, hacemos una síntesis de la propia memoria, de nuestras experiencias, del contexto, el clima, la historia, las tradiciones, la relación entre lo propuesto y lo existente, etc. En la actualidad estas variables son consideradas poco interesantes. Hoy, un proyecto de arquitectura se reduce a construir una imagen impactante, olvidando los elementos y los materiales de la composición arquitectónica.
La arquitectura debe ser la disciplina que organiza el espacio vital del hombre. Esto significa que el hombre da forma a la naturaleza “virgen” con su propio pensamiento y racionalidad. El arquitecto tiene la posibilidad de modificar un equilibrio existente en un intento de proponer uno nuevo con un valor agregado. El primer signo de construir es superponer una piedra en la tierra, todas las arquitecturas llevan en su seno esta condición absoluta de ser parte del suelo. A través de la obra construida, el hombre perpetúa el enfrentamiento con la madre tierra y realiza una acción que transforma una condición de la naturaleza en un hecho de cultura.
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En los últimos tiempos, la arquitectura enfrenta un nuevo desafío, el rápido avance de la Inteligencia Artificial (IA), algunos sostienen que esta nueva tecnología sustituirá la centralidad del arquitecto, (con una afirmación así, Gregotti estaría escandalizado).
Si la introducción del CAD en la década de 1980 y el posterior auge del BIM (Revit) en la década de 2000 marcaron los principales avances en la digitalización de la arquitectura. La IA trae consigo una nueva evolución. Mientras que el CAD y el BIM se centraban en la automatización del dibujo y la gestión de datos, la IA está ampliando los límites, ofreciendo una automatización inteligente y predictiva. La AI puede analizar grandes volúmenes de datos, reconocer patrones complejos y tomar decisiones autónomas o asistidas, apoyando al arquitecto en todas las fases del proyecto de diseño. La IA podría facilitar el trabajo, y se convertiría en parte integral del proceso creativo, impulsando nuevas formas de diseño, mejorando la eficiencia, la generación automática de conceptos, la simulación de escenarios energéticos y ambientales, así como la interpretación semántica de bocetos, fotografías o modelos tridimensionales. La comunicación entre el arquitecto y los clientes, mejora enormemente al realizar de manera veloz renders avanzados, recorridos virtuales y simulaciones inmersivas que facilitan la compresión del proyecto. Desde CAD hasta BIM y la integración de IA, la arquitectura ha experimentado una evolución tecnológica continua que conduce a una mayor precisión, colaboración y predicción. La IA se integra perfectamente con los programas BIM, permitiendo un diseño más dinámico, adaptativo y eficiente. El proceso de desarrollo de la IA no le quita centralidad al arquitecto, más bien lo coloca en condiciones de operar en un nivel más alto de control y selección, reduciendo los tiempos de explorar un número mayor de soluciones.
A pesar de los rápidos avances en IA, el proceso arquitectónico requiere un componente esencial que sigue siendo prerrogativa de la inteligencia humana. “la creatividad”, la interpretación cultural y el juicio ético. La arquitectura no es solo un problema técnico, sino un acto cultural que implica la comprensión de contextos complejos y valores cambiantes. Si la IA puede automatizar tareas repetitivas y analizar grandes volúmenes de datos, la experiencia y la sensibilidad del arquitecto son esenciales para la creación de espacios significativos que respondan a las necesidades culturales y sociales.
La creatividad humana es crucial en las fases conceptuales del diseño, en esta etapa, no se trata solo de resolver problemas técnicos, sino dar forma a visiones originales que reflejen necesidades emocionales y culturales. La IA puede generar combinaciones y soluciones basadas en datos, pero no es capaz de activar auténticos procesos creativos ni desarrollar visiones con significado cultural o espacial. Es el arquitecto quien define las premisas del proyecto, estableciendo que construir y cómo hacerlo para que se relacione al contexto, a la comunidad y a las necesidades individuales. La IA opera por derivación o adaptación, la creatividad humana puede generar soluciones radicalmente nuevas, a menudo en discontinuidad con los modelos existentes. El buen arquitecto posee una serie de habilidades difíciles de codificar, el arquitecto tiene la capacidad de abstracción y síntesis, es decir, la formulación de una idea arquitectónica que sintetice necesidades funcionales, limitaciones técnicas y valores expresivos. El arquitecto posee sensibilidad contextual, es decir, la lectura profunda del lugar, su historia y su dinámica social, para proponer una arquitectura que dialogue con el medio ambiente y la comunidad. El arquitecto posee un pensamiento crítico y divergente, que permite cuestionar estándares consolidados, identificando soluciones inesperadas e innovadoras. El arquitecto elabora una narrativa, entendida como la capacidad de construir una historia de diseño coherente y significativa, que oriente las elecciones compositivas y tecnológicas.
La creatividad no es una fase accesoria, constituye el momento fundacional de todo el proceso de diseño, donde se define la identidad de la obra y su potencial cultural. El arquitecto, a través de su visión, atribuye sentido a la intervención, jerarquiza los factores en juego y orienta el proyecto según criterios que no pueden reducirse a meros cálculos de eficiencia.
El proceso arquitectónico requiere habilidades interpersonales para comprender y plasmar las necesidades del cliente. La IA puede facilitar la personalización del proyecto, pero solo el arquitecto puede captar los matices emocionales y culturales, creando un diálogo profundo con el cliente. Una comunicación eficaz es esencial para traducir las necesidades implícitas en decisiones de diseño concretas, manteniendo un equilibrio entre los deseos, las limitaciones técnicas y el presupuesto, manteniendo, además, la coherencia y la calidad arquitectónica, el arquitecto se convierte en un facilitador del diálogo, un rol que requiere sensibilidad e inteligencia emocional.
Las decisiones arquitectónicas no son solo funcionales, deben considerar las implicaciones sociales, culturales e históricas. El arquitecto debe ser capaz de equilibrar intereses divergentes, como los que existen entre lo público y lo privado, o entre la conservación y la innovación, y gestionar situaciones ambiguas que requieren un enfoque interpretativo. La arquitectura no es un ejercicio de optimización, sino un acto de responsabilidad cultural que hace irremplazable el rol del arquitecto. El arquitecto debe reconocer y respetar las referencias culturales e identidad que caracterizan una comunidad o un territorio, debe evaluar el impacto social y ambiental de las decisiones, incluso en ausencia de datos cuantitativos. El arquitecto debe equilibrar intereses a menudo divergentes, como los que existen entre lo público y lo privado, o entre la conservación y la transformación.
La IA no sustituirá al arquitecto, más bien amplía sus capacidades. La IA ofrece apoyo en la automatización de algunas tareas repetitivas, como la generación de variantes de diseño o del análisis de datos complejos, pero el pensamiento crítico, la creatividad y la sensibilidad cultural del arquitecto son insustituibles. La IA potencia el trabajo del arquitecto, liberándolo de las tareas repetitivas y permitiéndole centrarse en decisiones estratégicas y creativas. Pero, será fundamental el arquitecto para guiar el proyecto con su visión, sensibilidad contextual y pensamiento crítico, asegurando que el resultado final responda a las necesidades culturales, sociales y estéticas. La IA no solo amplia nuestra capacidad de memoria para resolver problemas en forma rápida y estadística, pero al mismo tiempo saca a relucir lo que no tiene, la Inteligencia Carnal, es decir, la capacidad de estar en el mundo de forma impredecible e irrepetible, que tenemos que descubrir, educar y entrenar cada vez más. La percepción y por tanto la inteligencia no es un compuesto neutro de datos, sino un acto creativo imbuido de lo que somos, que seleccionamos en función de nuestro filtro de recuerdos, actitudes, ideas, hábitos, sentimiento, etc. Ninguna IA podrá analizar lo que se siente delante una obra extraordinaria de arquitectura, o un atardecer con alguien a quien amamos, porque esas sensaciones pertenecen a la “carne”, que significado tiene esa arquitectura que nos emociona o ese atardecer, solo nosotros (los humanos) podemos decirlo.