El urólogo y Trujillo

30_01_2021 30-01-2021 areito Areíto4-5
En sus memorias de 1981 el afamado urólogo español Antonio Puigvert narró sus experiencias con Trujillo.
“—Doctor: es el cónsul en Barcelona de la República Dominicana que pregunta por teléfono cuándo podría usted recibirle.
—Y ¿qué le pasa a ese buen hombre?
—No; no es como paciente. Quiere presentarle a un urólogo de su país que está aquí de paso y que desea conocerle por ser admirador suyo. Se trataba del doctor Sobá.
—Pues sí que estoy yo para visiteos. Con el trabajo que tengo es lo único que me faltaba. ¿No se lo podemos pasar a alguien?
Pero no hubo forma. Todos estaban también agobiados. Además, el cónsul era también médico y entre colegas hay atenciones que son insoslayables.
Con sorprendente puntualidad, a la hora y el día previstos, comparecieron los dos personajes en mi despacho.
Tras las presentaciones de rigor, y una breve charla de puro protocolo, el cónsul nos dejó. Y mi colega dominicano sacó el incensario y empezó a desgranar las grandes letanías laudatorias acerca de mis méritos y de mi renombre internacional.
Ya he dicho antes que yo estaba agobiado de trabajo; y en algún otro lugar del libro o yo o mi biógrafo Vila-San-Juan habremos dado cuenta a ustedes de lo poco amigo que soy de que se me baile el agua.
A mí ha llegado a enternecerme hasta lograr humedecerme los ojos que una enferma desconocida me pidiera que le besara la frente antes de entrar en el quirófano; pero me encocora la adulación y la coba fina.
Corté, pues, el grandilocuente monólogo de mi colega con mi escasa diplomacia habitual, dejándole sorprendidísimo. Más tarde, me arrepentí de ello cuando comprendí, a lo largo del tiempo de tratar con él, que aquella forma de expresarse era en él habitual, como lo son las reverencias y saludos que se prodigan los orientales antes de entrar en el meollo de la cuestión.
Mi colega dominicano me expuso entonces su deseo: presenciar alguna sesión operatoria y ver la organización de la clínica.
He de confesar que aquella relación que tan bruscamente había comenzado, terminó muy bien. El colega dominicano fue persona encantadora, y sigue siéndolo.
Se me pegó mañana, tarde y noche, a todas las sesiones operatorias, clínicas, etc., pero haciendo gala de una discreción absoluta y de un notorio interés profesional.
Así, prolongó su estancia en Barcelona, que tenía que ser de dos días, extendiéndola a más de una semana.
El día antes de partir vino a despedirse acompañado del cónsul y, después de expresarme su agradecimiento por el trato recibido, me dijo:
—Doctor, yo no sé si será abusar de su amabilidad, pero usted me depara una ocasión preciosa que no quisiera desaprovechar.
Me comentó, entonces, que era urólogo del hospital militar Marion en Ciudad Trujillo, y me planteó el problema de un paciente de sesenta y tantos años, cuya documentación clínica me exhibió.
El enfermo había sido operado de una afección periuretral unos años antes y, según el diagnóstico de quienes lo habían examinado en el hospital militar, era ahora necesario extirpar la próstata. Quería saber mi parecer.
Nunca me ha gustado hablar de un caso sobre elementos puramente teóricos, pues creo –como los viejos médicos de cabecera– que hablando y examinando al paciente se obtiene siempre una información valiosísima.
Pero los razonamientos y datos que me suministró mi colega dominicano me inclinaban en principio en contra del diagnóstico emitido.
Así se lo expuse y se lo razoné. Y tanto le llamó la atención mi opinión que me suplicó se la diera por escrito, por lo que dicté a la señorita Amalia, mi eterna secretaria, una cuartilla explicando mi punto de vista, a partir de la información que me había sido suministrada.
Bien lejos estaba yo de imaginar que en aquellos momentos estaba emitiendo mi diagnóstico acerca de la dolencia de un jefe de Gobierno, señor de horca y cuchillo de un país al otro lado del océano Atlántico.
Dos semanas más tarde recibí un cable desde la República Dominicana, al que siguió inmediatamente una visita del cónsul, rogándome que aceptase una invitación de la Universidad de Santo Domingo para dar unas conferencias en correctas condiciones económicas.
Ya he dicho antes que el 1956 había sido un año agobiante de trabajo, y, como la invitación incluía también a mi esposa, consideré la propuesta como unas vacaciones que me eran muy necesarias. Y acepté.
El viaje tenía dos escalas: Nueva York y San Juan de Puerto Rico. En aquellas épocas, los aviones no eran como los de ahora.
Y como los trayectos resultaban muy largos acababa uno como en el tren, entablando conversación con los compañeros de viaje y contándose, unos y otros, vidas y milagros.
Al decir yo que seguía hasta Santo Domingo, me hicieron comentarios no muy agradables respecto al estado político y policial que reinaba en la isla dominicana, calificando al presidente Trujillo de “tigre del Caribe” y recomendándome que tomase todas las precauciones en lo que hiciera o dijera allí, porque no existía ninguna seguridad ni ninguna garantía pública, ni tan siquiera para los extranjeros.
En realidad, las informaciones que me dieron consiguieron intranquilizarme. Y mucho más a mi esposa, quien llegó a pronunciarse sobre regresar a España desde Puerto Rico.
Pero ¿quién sabe? A lo mejor aquella persona que me hablaba era un alarmista o estaba resentido por algún perjuicio.
Deseché mis recelos. Sosegué a mi esposa.
La aventura estaba en marcha. Y seguí adelante.
El salto de San Juan de Puerto Rico a Santo Domingo es muy breve. En el aeropuerto me esperaba el urólogo que me había visitado en Barcelona.
Pero iba vestido de uniforme militar. Le acompañaba otro coronel médico que, al punto, me fue presentado. Y ambos ofrecieron muy galantemente sus respetos a mi mujer.
En un gran automóvil de esos que se utilizan en América y en aquellos tiempos casi desconocidos en España, nos condujeron al hotel Embajador, el mejor de aquel entonces en Santo Domingo, donde nos tenían preparado un apartamento completo en el que había un espléndido ramo de flores tropicales, naturalmente para la señora de Puigvert. Todos los detalles habían sido previstos.
Como quiera que mis dos colegas se quedaron esperándome en el hall del hotel pues manifestaron que deseaban de inmediato “programar mi estadía y hablarme de unos pacientes” estuve sólo un momento en la habitación para arreglarme.
—¿Qué? ¿Estás ya más tranquila? –le dije a mi esposa.
—Son muy atentos –me contestó.
Lo del ramo de flores tropicales, como es lógico, le había gustado mucho y le había hecho cambiar su primitiva predisposición adversa.
—Pero no comprendo por qué si nos invita la universidad vienen a recibirnos dos coroneles.
A las mujeres se les escapan muy pocos detalles.
En el mismo gran automóvil que nos había trasladado del aeropuerto al hotel, los coroneles y yo cruzamos la ciudad y llegamos al hospital militar Marión.
—¿Por qué se llama Marión? –pregunté.
—Es en honor del profesor francés Marión, que atendió en una ocasión al generalísimo.
En el hospital, y sin ver de él prácticamente más que el recibidor y un pasillo, nos encerramos en el despacho de mi colega.
Éste sacó del bolsillo una llave, abrió un cajón del archivo metálico adosado a la pared y puso sobre la mesa de trabajo un dossier bastante abultado. Lo abrió y cuál no sería mi sorpresa al ver, en primer lugar, una cuartilla escrita a máquina con mi membrete y mi firma al pie.
El coronel se quedó mirándome fijamente y con voz muy pausada, me dijo:
—¿Recuerda aquel enfermo de que le hablé durante mi estancia en Barcelona?
—Naturalmente.
—Pues se trata del generalísimo Trujillo.
Me quedé helado. Pero empecé a comprenderlo todo.
A continuación, me mostraron unas uretrografías en las que parecía vislumbrarse el factor causal de los trastornos que aquejaban al paciente: una zona de esclerosis uretral perineal que provocaba la consecuente prostatitis acinosa.
Y nos pusimos a examinar toda la historia, clínica en la que figuraba la operación que le había sido efectuada por el profesor Marión.
La sesión de trabajo fue larga y completa. A medida que avanzaba, yo iba ratificándome en el diagnóstico provisional que había emitido un mes antes en Barcelona.
Pero insistí en que sin examinar al enfermo personalmente, no podía pronunciarme de una forma definitiva.
—Volveré a por usted a las tres de la tarde. Nos espera el jefe en su residencia privada.
Almorcé con mi esposa y le expliqué lo sucedido, que no le causó ninguna sorpresa, poniéndose una vez más de manifiesto la intuición femenina.
—Dentro de un par de horas –le dije en plan de broma– voy a ver cómo se baja los pantalones ante mí el “tigre del Caribe”.
No le hizo la menor gracia.
A las tres en punto me avisaron que me estaban esperando en recepción.
Mi mujer, al despedirme, me dijo solamente:
—Antonio, ten cuidado.
El general Trujillo en aquella época no era el presidente de la República Dominicana; lo era su hermano Héctor Trujillo.
Leónidas era un hombre ya mayor, ni grueso ni delgado, con las facciones mulatoides, muy marcadas, hechas a cincel.
Tenía el aspecto de ser hombre frío y por tanto peligroso. De sus ojos se escapaba una vivacidad impropia de un sexagenario. Había en el fondo de sus pupilas como un timbre metálico.
En un confortable pero sencillo saloncito, sin protocolo, me recibió afectuosamente, tras serle presentado por el antedicho coronel médico que además lo era de cabecera, y comenzó a conversar conmigo acerca de política mundial, como tanteándome.
Yo escurrí el bulto como pude amparándome en que el agobiante trabajo profesional no me dejaba tiempo libre para preocuparme de lo que sucedía en el exterior.
—Pero usted sale a la calle, viaja…
—Efectivamente –respondí–. Pero mi visión externa es puramente cortical, epidérmica. De mi país no podría decirle más que empiezan a circular por las carreteras unos automóviles nacionales llamados Seat, que por las vías férreas rueda una maravilla también nacional que se llama Talgo y que Iberia vuela, con aparatos DC-4.
Siguió la conversación durante un rato por esos derroteros: él inquiriendo y yo esquivando. Hízome grandes elogios de España y de Franco su amigo, pero debió de darse cuenta de que por el camino de la política no iba a sacar nada en limpio porque, de repente, cortó el tema y entró en materia a rajatabla.
—Bueno, doctor. Ya sabe usted cuál es el objeto de la invitación. Ha venido para visitarme y aclarar mi dolencia.
—Esta mañana he conversado con su médico, aquí presente, y con el urólogo del hospital, que me han mostrado sus radiografías, sus análisis, su historia clínica. Pero para mí, el documento de mayor interés es el enfermo. Lo que más me interesa es su información.
—¿Qué quiere decir con esto?
—Pues necesito saber de usted y que me conteste a lo que le pregunte.
Me miró un poco de refilón.
Estaba dándose cuenta de que al entrar en el terreno profesional médico era yo quien pensaba llevar la batuta sin concesiones. Y eso no le gustaba.
—A usted le gusta mucho mandar.
—Efectivamente, general, tanto como a usted. Y si usted no obedece, no nos entenderemos.
Nuestras respectivas posiciones quedaron definitivamente señaladas desde el primer momento. En estas cuestiones después es muy difícil rectificar.
—Pues bien, ¡pregunte! –me dijo en tono enérgico.
Inicié el interrogatorio acerca de sus antecedentes y trastornos actuales. Me contestaba con serenidad.
A continuación le comenté las radiografías que por la mañana había examinado en el hospital que traía su médico de cabecera.
Señalé las lesiones y valoricé las imágenes. Éstas eran poco precisas, pero suficientes para ser interpretadas y relacionadas por la semiología clínica que él había informado.
El general, como todos los que arrastran largo tiempo una enfermedad, estaba muy interesado en su tema y antes había oído y contrastado muchas opiniones de urólogos norteamericanos y europeos.
Escuchó atentamente mi descripción; me hizo repetir algún detalle que se le escapaba. Y cuando terminé, volvió su mirada inquisitiva hacia el coronel y dijo con un tono seco y acusador:
—Ustedes no habían dicho nada de esto. ¿No lo habían visto en las radiografías?
La pregunta fue de tal tono que sentí un escalofrío.
Imaginé por un instante al coronel en el paredón, con los ojos vendados frente a un piquete de fusilamiento.
Entonces, para ayudar a mi compañero, y además porque era cierto, intervine en su defensa.
—Las radiografías no son bastante claras, y por ello poco demostrativas; además, han sido vistas por otros urólogos.
Se volvió hacia mí y me preguntó:
—¿Qué debo hacer?
—Repetir esa exploración. No es suficientemente informativa; además se debe completar el examen con todo el aparato urinario.
—Cuando usted quiera; y cuanto antes, mejor.
Preguntó a su médico si a la mañana siguiente el radiólogo (que fue el doctor Soba, quien años más tarde estuvo de cónsul en Barcelona) podría repetir la exploración bajo mi dirección.
La pregunta era un puro alarde. Al radiólogo lo hubieran arrancado de los infiernos si hubiese sido preciso; y para acatar los deseos del “amo” incluso se hubiera paralizado la isla en caso de necesidad. Sin esperar por tanto la respuesta, se dirigió a mí:
—Si le parece, mañana a las seis.
Y sonriendo con sorna añadió:
—A las seis de la mañana.
Yo, como si fuese la hora más lógica y natural del mundo para hacerse radiografías, contesté:
—Perfectamente.
Por lo común a estas horas ya inicio mi labor en Barcelona; los dos éramos madrugadores.
Y quedamos en que a las seis de la mañana del día siguiente yo estaría esperando en la puerta del hotel donde apareció un coche.
Dentro iba el propio general. No llevaba ni escolta, ni guardaespaldas; solo con el chófer. Estaba en su automóvil como cualquier ejecutivo que se dirige a su despacho para comenzar una jornada de trabajo. Eso me gustó.
Me hizo una señal desde su ventanilla invitándome a abordar el vehículo. Me acerqué y abrí la portezuela del coche, para sentarme junto a él, pero tuve que esperar a que apartase un pistolón que estaba depositado en el asiento, a su lado. Eso no me gustó tanto.
Me estrechó la mano y el coche siguió.
La ciudad comenzó a dar las primeras señales de vida, cuando llegamos al consultorio radiográfico que esperaba al “jefe”. Todo estaba preparado para la urografía por vía venosa y uretrografía.
Se le practicaron varias radiografías, tras lo cual el general abandonó la mesa radiológica y pasamos a un despacho contiguo. Nos trajeron café y charlamos un rato, en espera de que los clichés obtenidos nos fuesen presentados.
Ante las nuevas radiografías, las comenté, elogié su calidad y comparé con las anteriores.
En las recién obtenidas, aparecía con toda claridad lo que ya había intuido en las anteriores.
Trujillo, que la tarde anterior había prestado suma atención a las explicaciones, vio también claramente que en aquellas radiografías aparecían todas las imágenes que había predicho que iban a aparecer.
Con estos elementos demostré la inoportunidad de la operación de prostatectomía que había sido propuesta por el norteamericano y le planteé y razoné mi indicación terapéutica esbozada el día anterior.
Y aceptó plenamente el tratamiento propuesto.
Dado que requería instrumental apropiado que en el hospital no disponía, le indiqué todo lo que necesitaba para la intervención. Pero antes de terminar mi relación, me interrumpió y me dijo con la mayor naturalidad:
—Mire, doctor, ¿para qué ir buscando por ahí un instrumental que luego, a lo mejor, no es exactamente el que usted acostumbra a usar? Usted tiene esos aparatos en su clínica, ¿verdad? Pues llame a Barcelona y que se los traigan.
Tras el tratamiento, en el que me ayudó mi viejo y leal colaborador, el doctor Cols, que vino desde Barcelona con el instrumental, quedó Trujillo hospitalizado en su residencia privada. Y allí le visitaba mañana y tarde.
En una de las visitas matutinas a las 7, como él era muy buen observador y yo muy poco diplomático, debió notar que yo tenía prisa.
—¿A qué tanta premura, doctor?
—Es que quiero comprarme unos zapatos –le respondí– y las zapaterías abren dentro de media hora; después debo acudir al hospital.
—No se preocupe por esa sonsera.
Y volviéndose a su asistente, le dijo:
—Tráete unos pares de zapatos de los nuevos que están guardados. Pero ¡ya!
El hombre salió disparado y volvió a poco con cuatro pares de zapatos nuevos, de los del “jefe” (que se los hacía por docenas).
—Elija usted mismo ios que sean más de su gusto.
Pero no hubo elección porque en seguida me di cuenta de que el pie del general era más pequeño que el mío y por tanto los zapatos no me servían.
—No se preocupe. Eso lo arreglamos esta tarde.
Cuando por la tarde acudí de nuevo a visitarle, en su dormitorio había una docena de cajas de zapatos de la mejor zapatería de Santo Domingo.
—Aquí tiene zapatos a su medida, doctor, para que escoja –me dijo sonriente.
Escogí un par y me disponía con ellos en mano a pasar al cuarto de baño anexo, para probármelos, cuando Trujillo desde la cama me indicó que me sentara a su lado para la prueba. Y así lo hice.
—Ésos parece que le caen muy bien –dijo el generalísimo.
—Sí –confirmé–, son muy cómodos.
—Y ahora, ¿les buscamos unos hermanitos?
Naturalmente, se refería a otro par de zapatos. Rehusé el ofrecimiento, pues imaginé que el pobre comerciante zapatero se quedaría sin cobrar “en honor a haber servido al generalísimo”. Pero no fue así, Trujillo se volvió a su asistente y le dijo:
—Los zapatos del doctor que se le envíen a su hotel. Y tú, devuelve esas otras cajas y págale al empleado que está esperando abajo.
Y fue así como por culpa de mis malos pensamientos me quedé sin un segundo buen par de zapatos.
El general se repuso rápidamente. Y en el período de convalecencia, después de varias conversaciones acerca de mi actividad médica, me propuso montar en Santo Domingo un hospital especializado en Urología.
No fue una propuesta a humo de pajas, sino una seria proposición avalada por dos millones de dólares (de entonces) para los gastos de la construcción.
Tuvimos conversaciones sobre el particular con gentes de su Gobierno y me mostraron dos o tres solares de gran magnitud próximos a la universidad, de los que finalmente elegimos uno.
Y también me mostraron algunas residencias privadas en venta, que podrían convertirse en mi vivienda particular. Me ofreció un sueldo inicial de setenta mil dólares al año, más la vivienda, etc., y que de los enfermos que operara yo allí, de cualquier parte o nacionalidad, la mitad de mis honorarios sería para el hospital.
Acepté su propuesta con la condición de que no implicase para mí un traslado definitivo a la República Dominicana.
Aceptó que mi residencia en Santo Domingo fuera de dos o tres meses, alternándose con mi estancia en Barcelona, pues no quería abandonar mi trabajo en España. Y así quedó el trato.
Cuando me despedí del presidente, con el plano del solar debajo del brazo camino de España, me entregó abierta una carta para el general Franco. Agradecí la delicadeza y me disponía a cerrarla en su presencia cuando me dijo:
—No. No la cierre. Quiero que la lea delante de mí.
Ante su insistencia leí la carta, de tres cuartillas a máquina, en que explicaba su enfermedad y hacía de mi persona elogios sorprendentes que hubieran ruborizado al más inmodesto.
En uno de los párrafos exponía su propósito de crear un centro hospitalario de Urología en Santo Domingo y los planes que al respecto habíamos formulado.
Finalmente y, como quien no quiere la cosa, comentaba su extrañeza de que una persona como yo tuviese en España una situación extrauniversitaria haciendo votos para que se subsanase tal anomalía. (El doctor Puigvert era republicano catalán y por eso no podía ser catedrático).
—Este último párrafo –le dije– no creo que le guste al general Franco.
—Pues le guste o no, yo estoy acostumbrado a hacer y decir siempre lo que creo más oportuno.
—En eso, me parece que él y usted están completamente de acuerdo.
Me despedí de él, le agradecí sus atenciones y regresé a España.
Durante aquella estancia en Santo Domingo conocí además a su hermano Héctor, que era el “presidente” nominal de la República; a varios de sus colaboradores, entre ellos el almirante Ramón Emilio Jiménez, persona muy grata, y a su más íntimo colaborador, el doctor Joaquín Balaguer, cuyo despacho estaba anexo al del “jefe” y que me pidió visitar a su señora madre, como así hice.
El doctor Balaguer resultó ser y es persona encantadora, de exquisita cultura. Había estudiado en Madrid y era la “eminencia gris” del generalísimo. Éste le consultaba cuantos problemas se le planteaban, a lo cual Balaguer le informaba con todo detalle, gustase o no al “jefe”.
Más tarde, cuando Balaguer fue elegido presidente de la República, me llamó para acudir a aquel evento como invitado especial del presidente. Acudí allí gustoso acompañado, en aquella ocasión, de mi hija Rita; y al viaje se agregó mi vieja secretaria Amalia, que quería conocer aquellas tierras.
Pocos años más tarde fui invitado nuevamente con motivo de la visita que a aquella República realizó nuestro Rey Juan Carlos, acompañado de su gentil esposa doña Sofía.
A la llegada de Sus Majestades al aeropuerto acudí con el grupo de recepción dominicana y me quedé el último; cuando el Rey sorprendido me preguntó qué hacía allí, le contesté sencillamente:
—Esperar a los Reyes.
Recién llegado a Barcelona, por teléfono, pedí audiencia y me trasladé a San Sebastián, donde veraneaba el general Franco, que me recibió en el palacio de Ayete.
La visita se prolongó casi dos horas. Después de leer la carta, Franco, al observar que estaba abierta, me preguntó si la había leído. Le respondí explicándole las circunstancias en que había procedido a la lectura.
—¿Y se va usted a quedar allí?
—No; mi propósito es alternar entre Santo Domingo y Barcelona.
Franco iba dando vueltas a lo que había leído.
Y aunque por una parte le satisfacía que un español triunfase en el extranjero, por otra le irritaba aquel fenómeno que se había dado en llamar “la exportación de cerebros” que ponía palmariamente en la picota la falta de una infraestructura coherente en la vida científica del país.
Como yo había supuesto, el último párrafo de la carta de Trujillo no le gustó nada. Y lo acusó pero guardándose una salida airosa que era prácticamente una amenaza.
—Una cátedra universitaria en Barcelona, ¿le impediría llevar a cabo sus proyectos ultramarinos?
Sentí una sensación de escalofrío. Franco tenía siempre una bala en la recámara. Con él nunca se sabía cómo iban a acabar las cosas porque la palabra “fin” la ponía él siempre.
—La proposición del presidente Trujillo es muy tentadora –le respondí sin contestar directamente a lo que me preguntaba– y en Barcelona dirijo el servicio de Urología del Hospital de San Pablo, que si bien no es universitario tiene también un amplio campo docente que me complace mucho y acuden muchos médicos a estudiar.
—Así me salí por la tangente, pues no deseaba una cátedra por aquel camino.
—Bueno, ya hablaremos de eso.
La audiencia había terminado. Y yo salí con una montaña de dudas y de temores sobre las espaldas. El proyecto dominicano satisfacía a Franco y le irritaba al propio tiempo. ¿Hacia dónde se inclinaría el fiel de la balanza?
Una cosa estaba clara para mí. Había que volcarse en trabajo, estudio e imaginación para construir aquel hospital lo más rápidamente posible. Y desde aquel momento puse manos a la obra.
Acudí a la República Dominicana en cuatro ocasiones más a comprobar el resultado de la operación. El presidente estaba impecable.
Trujillo acostumbraba a almorzar a las 12 en punto en la planta superior del propio palacio presidencial.
En una larga mesa que presidía tenían cabida sus colaboradores íntimos, sin invitación precisa, y además acudían personajes de paso de los que Trujillo deseaba conocer informaciones.
En una ocasión apareció Porfirio Rubirosa, uno de los ex maridos de su hija Flor de Oro.
Éste, recién llegado de Europa. No era raro que en aquella mesa ocupara un lugar su hermano Héctor, que era el presidente de la nación… La primera vez que fui invitado, me reservó lugar a su izquierda; llegué, como otros, comenzada la comida que, ritualmente era “cocido” al estiló Caribe, y frente a mi plato, una copa llena de un vino claro-marrón; finalizado el plato, como tenía sed, tomé la copa con fruición, pero mi sorpresa fue que no era vino, sino coñac Carlos I, y ante mi espasmo, Trujillo se rió; después supe que era una broma que en ocasiones gastaba a los neófitos en su mesa. ¡¡Vaya broma!!
En la cuarta visita, le presenté los planos que habían realizado los arquitectos de Barcelona Antonio Lozoya y Durán Reynals; un completo proyecto del centro hospitalario con su correspondiente maqueta que, realmente, era una preciosidad.
Trujillo se quedó entusiasmado.
—Esto es fantástico. Es un sueño. Le felicito, doctor. Y cueste lo que cueste quiero que este hospital funcione antes de un año.
Corto era el plazo. Pero las posibilidades de un hombre como Trujillo en su país eran tales que todo cabía en el terreno de las utopías.
Y, sin embargo, el proyecto se frustró por donde menos podía imaginarse.
Su entusiasmo le llevó a cambiar de opinión respecto a mi estancia en su país. Me indicó que para un centro tan importante era preciso que me quedara yo todo el año en Santo Domingo porque no podía tener otro director que yo. En resumen, que tenía que instalarme para residir allí permanentemente.
Al principio no le hice mucho caso. Creí que era una decisión repentina y pasajera, fruto del alborozo con que recibió aquella maqueta, que me recordó al de un niño que el día de Reyes encuentra en el balcón el regalo que siempre había soñado.
Pero poco a poco me di cuenta por él y por las personas a él allegadas (especialmente por el coronel Francisco González Cruz, su médico de cabecera) que a Trujillo se le había metido en la cabeza que yo me quedara a vivir allí definitivamente.
Y aquello me dio que pensar.
Yo ya había iniciado una gran labor en el Hospital de San Pablo de Barcelona, tenía mi clínica privada, llevaba treinta años ejerciendo la Medicina en el mismo país y medio siglo viviendo en la misma ciudad.
No es que no me gustara Santo Domingo, ni mucho menos, pero un cambio total como el que representaba mi traslado se me hacía muy cuesta arriba. Y, además, no era lo pactado.
Tuvimos entonces un par de discusiones con el presidente, pues ambos nos hacíamos fuertes en nuestros opuestos puntos de vista.
Trujillo era Trujillo y cuando se le metía una cosa entre ceja y ceja no paraba hasta conseguirla.
Pero les aseguro que Puigvert no es tampoco de los que se ablanda y cuando toma una decisión es muy difícil hacerle apearse del burro.
Dijo una vez José María Pemán que en este mundo sólo hay dos fuerzas incontenibles: un río que se sale de madre y una beata que avanza hacia el altar mayor con un reclinatorio en la mano.
Pero Pemán, cuando lo dijo, no conocía ni a un dictador del Caribe llamado Leónidas Trujillo, ni a un urólogo de Santa Coloma llamado Antonio Puigvert.
Para acabarlo de arreglar, una mañana me llevó aparte uno de los coroneles de la guardia personal, y en un tono que no me gustó nada, me dijo:
—No discuta tanto, doctor. Con el jefe no conviene discutir. Él manda y hay que hacer lo que mande. Es un buen consejo. Pida al jefe más dinero. En eso no hay problema. Pero no discuta ni le contradiga.
Consejo semejante recibí de Héctor Trujillo, hermano del Generalísimo y presidente de la República.
Aquello despertó mis temores y agotó mi paciencia. Sin decir nada ni despedirme de nadie, hice mis maletas, me fui al aeropuerto y tomé el primer avión que salía de la isla.
Es decir; en cierta manera me fugué.
Y así acabó para siempre, antes de nacer, el gran hospital urológico que estuvo a punto de tener Santo Domingo y que estaba previsto como el centro médico de su especialidad más importante de Hispanoamérica.
Trujillo acusó el golpe.
Al principio, en la plenitud de su berrinche, se sumió en un silencio absoluto que llegó a preocuparme. Pero luego comenzó una correspondencia epistolar anodina y aséptica como si nada hubiese ocurrido.
Pasó algún tiempo y un buen día recibí la proposición de trasladarme a la República Dominicana a visitar a un enfermo. Todos los gastos pagados y cinco mil dólares como honorarios.
La propuesta era halagadora; pero varias personas de mi entorno me aconsejaron que no hiciera ese viaje, porque podía ser una trampa preparada por el dictador. Pero yo acepté. Sabía que Trujillo me conocía lo suficiente. No presumo de valor pero sí de entereza; y también de saber penetrar en el ánimo de las gentes.
Fui a Santo Domingo y visité al enfermo, que era un sobrino de Trujillo. Y, naturalmente, le saludé a él. Conversamos acerca de su salud; me preguntó por Franco, etc.
Terminado mi trabajo salí sin ninguna dificultad de la República. Nadie me molestó para nada.
El 30 de mayo de 1961, en una autopista de los alrededores de Ciudad Trujillo camino de San Cristóbal, un grupo de hombres ametralló un Chevrolet deteniéndolo en su camino. Su cuerpo reposa hoy en el cementerio del Pardo, de Madrid, a donde llegó de forma rocambolesca, según me contó persona del más absoluto crédito y cuyas fuentes de información eran amplísimas.
Al Palacio Nacional de Santo Domingo, donde se hallaba de cuerpo presente el general asesinado, llegó por una puerta de servicio una furgoneta militar con dos ataúdes. Uno, vacío. El otro, lleno de saquitos de arroz.
El cuerpo de Trujillo fue introducido en el féretro vacío, sacado de palacio por la propia puerta de servicio, y trasladado en la furgoneta militar hasta el puerto donde embarcó secretamente en el yate Angelita, que zarpó inmediatamente rumbo a Europa.
Mientras tanto, en la capital de la República Dominicana se oficiaron solemnemente las honras fúnebres por el “benefactor de la patria” ante un ataúd que contenía solamente unos saquitos de arroz.
Así me lo contaron.
Ésta es toda la historia. De aquel soñado hospital, y de aquel presidente, me quedan como recuerdo palpable unos planos de dos arquitectos barceloneses (Durán Reynals y Antonio Lozoya), una fotografía dedicada por un jefe de Gobierno, una vieja barrica de ron dominicano que de vez en cuando alegra los ojillos de mis invitados, pero está vacía, y muchos buenos amigos que he saludado en posteriores visitas a aquella isla”.