Guardianes de la verdad Areíto
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Nadie es mejor que la otra. Todas somos, pero sobre todo nos sentimos iguales

El reencuentro

¿Qué es el arte de vivir?

¿Qué es el trabajo de vivir?

¿Qué es la vida,

sino las sumas y

las restas

de los encuentros

y los desencuentros?

¿Qué es la vida sino la sucesión ininterrumpida

de las horas,

de los días,

de los meses

y los años?

¿Qué es la vida

sin recuerdos,

sin lágrimas

y sin risas?

Sí, amigas,

la vida es la suma

de ¡tantas cosas!

Hace cuarenta años

iniciamos el primer vuelo

a la aventura,

a nuestras aventuras,

a la tarea

de caminar por los caminos elegidos.

Éramos aprendices de todo,

teníamos sueños

ilusiones,

ganas de amar,

de saber

si nuestros vientres

darían sus frutos,

si nuestras ilusiones

se harían realidad.

Partimos,

cada una inició

su vuelo hacia el cielo.

Volamos,

caminamos por praderas,

subimos montañas,

zarpamos por mares,

navegamos por ríos y riachuelos

buscando llegar a nuestros horizontes.

Anidamos nuestras existencias.

Y ahora hemos llegado

al punto del reencuentro.

Allí,

aquí,

aquí, al punto de partida,

donde llega el peregrino,

que después de tanto andar,

busca de nuevo sus raíces.

Y aquí estamos.

Nuestros rostros guardan el tesoro de los años,

nuestros cuerpos reflejan

en el vientre,

en el pelo

y la piel

la agotadora tarea de 40 años

de intenso vuelo hacia nuestros horizontes,

hacia nuestros sueños

y nuestras propias utopías.

Y aquí estamos,

para reencontrarnos

para recuperar la ternura,

para darle caricias a nuestros

corazones,

y agradecer.

Sí, agradecer

por siempre

y para siempre

al maravilloso azar

que nos unió un día.

Somos un poco más de cuarenta mujeres educadas en la más bella ciudad de la isla, Santiago, que anidamos juntas en la niñez y la adolescencia, esperando fortalecer nuestras alas para alzar nuestros vuelos y dar riendas sueltas a nuestra libertad. Todavía adolescentes nos dijimos adiós. Teníamos la inmensa tarea de construir nuestras vidas. Así pasaron los días, los meses y los años. Alguna que otra vez algunas nos encontramos de forma momentánea. En mi caso, siempre mantuve contacto con Amelia, que es mi hermana blanca, con mi comadre-hermana Águeda y con Charito, la hermosa joyera. Además de otras que por diversas razones nos hemos cruzado.

Ya suman 41 años. Y, hemos vuelto. Nos reencontramos y se incendió la chispa. El primer encuentro hace dos años, nuestros ojos permanecían con sus brillos intactos. Nos reconocimos. Nos abrazamos, reímos y lloramos. Y como si no hubiesen transcurrido 14,600 días, la adolescencia se apoderó nueva vez de todas y cada una de nosotras. El diálogo se hizo intenso, sin palabras, con palabras agolpadas y atropelladas por una interrupción cariñosa, sin lógica, sin pretensión alguna, por el simple placer de ser. Y en ese primer encuentro revivió la magia y nacieron las “Superchicas”.

Cada una de estas mujeres adultas, viudas, divorciadas, casadas, vueltas a casar, con hijos, con nietos, sin descendencia, con carreras profesionales, sin carrera alguna, empresarias, empleadas, diplomáticas, profesoras… Cada una construyó como pudo sus caminos. Quitamos las piedras que impedían la marcha, bordeamos los precipicios, nos agarramos de las ramas que se tendían gratuitas para servirnos de muletas, y ganamos el sencillo, grande y maravilloso premio de haber vivido.

Hoy, a la altura de nuestras vidas, solo disfrutamos nuestras presencias. Decidimos revivir las niñas que llevamos dentro y cuando nos juntamos dejamos en la puerta del encuentro los dolores físicos, las preocupaciones, las angustias y las carencias; atravesamos el umbral solo para dar caricias a nuestras almas, recuperar la alegría y disfrutar de nuevo la inocencia. No hay comparaciones. Nadie es mejor que la otra. Todas somos, pero sobre todo nos sentimos iguales. Y gracias a la magia de la virtualidad cibernética en el grupo de whatsApp participan las que viven en Europa, Estados Unidos, Puerto Rico. Y a través de la palabra escrita, la magia ha seguido creciendo. Cuando una está triste, las demás hacen lo imposible para recobrar la energía; si otra se enferma, las enfermeras virtuales hacen su labor.

Este artículo nació porque he hecho muchas reflexiones. Creo que hay momentos en la vida en que la competencia, consciente o inconsciente, que todos vivimos en la juventud, carece de sentido. Cada una de nosotras ha recibido suficientes heridas morales y materiales, no necesitamos nuevas, pues muchas vendrán solas, aunque no las busquemos y aunque no las queramos. Aprendimos que existen demasiadas tempestades inesperadas, para no aprovechar los rayos de luces que traviesos penetran por las ventanas, las puertas y las aberturas imperceptibles. Entonces ¿Qué mejor que dar riendas sueltas a la ternura con gente que te acompañó en una etapa vital de tu existencia?

Y como mujeres que se asumen orgullosamente en la medianía de su espléndida adultez, decidimos crear una hermandad basada únicamente en el principio del amor incondicional y gratuito. Una sociedad sin nadie que nos dirija, donde los proyectos son materializados por el aporte espontáneo, donde la asistencia no es obligatoria y el único requisito de participación es dejar a un lado el egoísmo y la tristeza.

Somos las Superchicas, la promoción de egresadas del Colegio Sagrado Corazón de Jesús de 1973. Somos la hermandad de la belleza de la mujer de la medianía. Somos las mujeres que decidimos colocarnos “nuestros sombreros rojos” como el símbolo externo y maravilloso de la ruptura temporal de nuestras obligaciones cotidianas, para gritar sin palabras que somos libres y atadas, en una simbiosis dialéctica y plena de liberación y compromiso.

mu-kiensang@hotmail.com

mu-kiensang@pucmm.edu.do

sangben@gmail.com

Sobre el autor

MU-KIEN ADRIANA SANG

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