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¿Puede ser En el nombre de mi amiga una sonata?

Un domingo mientras caminaba en el Parque Iberoamericano me topé con un majestuoso árbol.
Leí «Anacahuita» en el rótulo botánico y mientras observaba su grandeza, pensé en Lisette Vega de Purcell.

La autora, desde la ficción, esculpe al personaje a través de su mirada

La autora, desde la ficción, esculpe al personaje a través de su mirada

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Por PRISCILLA VELÁZQUEZ RIVERA

Un domingo mientras caminaba en el Parque Iberoamericano me topé con un majestuoso árbol.

Leí «Anacahuita» en el rótulo botánico y mientras observaba su grandeza, pensé en Lisette Vega de Purcell.

Sí. Si Lisette fuera un sustantivo sería un árbol: la anacahuita. De tronco recto, elegante, ramificado a gran altura, cuyas ramas se extienden, abrazando a árboles vecinos y cobijando a plantas más jóvenes que crecen a la sombra de su generosidad. Su vocación feroz hacia la cultura no solo hace que nos proponga nuevas lecturas y nuevas voces, sino que se ocupa de reconocerlas y celebrarlas. Es precisamente esa entrega que nace del deseo de revelar y compartir algo valioso al universo literario lo que la ha llevado a escribir su nueva novela En el nombre de mi amiga.

Inicio la lectura de la novela una mañana gris de agosto, escuchando la Sonata para piano n.o 14 de Beethoven. Envuelta en esas sombrías notas del primer movimiento de la pieza musical, leo el entrañable título En el nombre de mi amiga y presiento un homenaje. En el prólogo, la intuición se convierte en certeza, pues la propia autora lo confirma en la página 9 de su libro:

«Razones poderosas de amistad longeva, unidas a mi perplejidad en cuanto a extraños arrebatos de carácter, comportamientos muy particulares de mi amiga, unos sueños de un mundo de rosas alimentados por el efecto de sustancias alucinógenas que nunca abandonó y, sobre todo, una gran admiración por una inteligencia extraordinaria, fueron las razones que me motivaron a escribir esta novela».

Avanzan los melancólicos acordes y aparecen dos epígrafes presidiendo el primer capítulo —o más bien el primer acto. Así nombra la escritora cada uno de los cinco que constituyen la obra.

Ambos rótulos son una pista refulgente que, como un claro de luna, ilumina el camino hacia la trama. El primero es una trémula presencia que augura pesar y pérdida, como el adagio sostenuto en do menor de la melodía. La atmósfera arrolladora del segundo es el murmullo de la lluvia anunciando tempestad. Esa cuidada selección nos revela el ejercicio intelectual de la autora.

Decido registrar esta observación. Y de repente, se abre en mi cabeza un hiato: ¿No es precisamente Claro de luna —como he interpretado el servicio de las citas— el nombre popular de la Sonata que acompaña mi lectura? Una extraña coincidencia que tomo como grata señal para avanzar.

La vida es un sueño, el despertares el que nos mata.

—Virginia Woolf

Tú eres sólo la grave señora señorona; yo no,

yo soy la vida, la fuerza, la mujer.

Tú eres de tu marido, de tu amo, yo no, yo de nadie, o de todos, porque a todos, a todos en mi limpio sentir y en mi pensar me doy.

—A Julia de Burgos (1938)

La autora, desde la ficción, esculpe al personaje a través de su mirada, de la amistad que las unió, de su propia historia y creencias, para revelarnos a una protagonista casi épica, que se atrevió a desafiar moldes profundamente enraizados en la sociedad dominicana de los años sesenta y setenta, y que aún prevalecen medio siglo después. Patrones impuestos durante generaciones que, como raíces silenciosas, acaban por romperlo todo.

Esta mujer, a quien bautiza como María de la Luz, lo hace no alzando una bandera común que defienda el feminismo, la patria o el sufragio, sino sucumbiendo a los desvaríos propios de una mente agrietada. Lo hace encarnando su visión de libertad: dar un portazo e ir por otra vida sin voltear la mirada (como han hecho y hacen tantos hombres), para no regresar jamás al modelo de hogar instituido como norma y, para ella, claustro; abandonar su matrimonio y su maternidad para elegir país y pareja, no una, ni dos, ni tres veces, sino todas las que el cuerpo le pidió. Así que se precipita, enloquecida, a una carrera fuera de su rutina, de lo establecido, de lo conocido. Corre, corre bien lejos de un Santo Domingo que no siente suyo y del mundo mismo.

María, condenada a una vulnerabilidad emocional desde la infancia, decide convertirse en su dueña e inicia esa estampida hacia la oscuridad que, en sus ojos, es luz meridiana. Termina en un exilio autoimpuesto que desemboca primero en adicción y luego en una ansiosa búsqueda de sí misma. Lo vemos en la página 50, en la escena en que enfrenta a la madre y dice:

«[...] quiero que me veas; mírame como soy, esse est percipi. Yo soy así, y es así como debes quererme, porque soy tu hija». O, posteriormente, en el poema Soy, donde lo reafirma, página 81:

« SOY»

Soy al mundo la naturaleza viva Soy al cielo la diva del silencio que agiliza su partida

Soy el alma del almendro que se yergue al fondo del espejo mustio Soy la celadora del dios durmiente que desoye las falacias del blasfemo

Soy quien tengo fe en el enigma del absurdo Soy aquella que contradice los aforismos de los sabios del averno Soy el tú, el él y el ella, las tres personas que coronan el mundo de los vivos

Soy al fin quien quiero ser sin ser quien soy.

Este poema titulado “SOY” tiene una voz lírica que emerge con una intensidad oracular desbordante.

La estructura anafórica —ese “Soy...” que se repite como una letanía identitaria— es una forma de invocar un yo que se multiplica más allá de sus límites. No se trata de un yo psicológico o biográfico, sino de un yo que participa del drama eterno del alma, como lo encontramos en Song of Myself (1855), de Whitman, o en El libro del desasosiego y su obra heterónima de Pessoa, en el fragmento donde afirma: “Ser plural como el universo”.

Cada línea del poema SOY es una provocación a descodificarlo. Pero, por ahora, solo diré que la inserción en la novela de este poema —de la autoría de Lisette y perteneciente a su primer poemario, Palabra Desnuda— ha sido una genialidad. Si bien es breve, con él nos regala un retrato poético de la alteridad interior de María. En él, la voz lírica se alza no para decir “esto soy”, sino para mostrarnos cuán múltiple, metafísica e inestable es la identidad de la protagonista de la novela. Es un texto que desafía toda lectura literal y exige una lectura visionaria, como lo exigen los grandes poetas.

En el nombre de mi amiga es un texto híbrido que conjuga la crónica, la epístola, la prosa, el relato y la poesía. Predomina el enfoque de un cuento largo, sin llegar a un desarrollo complejo de los personajes. Sin embargo, la autora no necesita recurrir a maniqueísmos en la etopeya o en la prosopografía para aportar verosimilitud al personaje de María de la Luz. Se ancla en la epístola: a través de las cartas que la protagonista envía a su amiga, nos ofrece un retrato nítido de una mente singular.

En estos primeros capítulos, al paso como un alazán, la autora nos sitúa —con armonía simple, similar al primer movimiento de nuestra Sonata— en la génesis del personaje y el espacio temporal que la rodea. La atmósfera es fría, pesarosa.

Las peripecias de María, que se abre camino y amores en tres continentes, lejos de un dedo social acusador: se casa en un castillo, conoce al poeta Ginsberg, asiste al juicio de los Siete de Chicago de 1968 y apenas sale ilesa, conforman el cuerpo medio de la historia. En esta etapa, la narrativa adquiere el trote de una caballería y el tono danzante del allegretto. Es justo en este período cuando la protagonista se mueve entre el delirio y la extrema lucidez, la búsqueda del éxtasis y la libertad salvaje; huye de un pasado familiar frío y una sociedad que la rechaza, y siente, a ratos, que lo ha conseguido.

Luego inicia el tercer movimiento: una melodía dramática e intensa. Con su regreso al Caribe inicia un galope hacia el descenso; a la ruptura de una amistad que sobrevive entre la admiración, los celos y la envidia, entre días de gloria y de inmenso dolor.

En el nombre de mi amiga logra que un relato estructurado en cinco actos funcione como una sonata de tres movimientos, donde la armonía no domina la tonalidad principal. La prosa sencilla de su autora no se impone sobre el tema esencial. Narrado a dos voces, es un libro corto que se presta para profundas reflexiones. Recorremos una cartografía social que sigue teniendo vigencia, cincuenta años después, en donde acontece la historia, La República Dominicana: la maternidad y sus moldes; la ansiedad de encajar; el juicio social; la envidia; los celos; la adicción al alcohol, a las drogas, y sus efectos en la vida y el entorno de quienes las padecen.

Lisette, fiel a su estilo, recurre a su vasto caudal cultural para nombrar los cinco actos que estructuran la novela. Cada título establece un diálogo con geografías y textos universales: desde el Génesis bíblico, la Antigua Grecia y el oráculo de Delfos, hasta un sutil guiño al célebre cuento borgiano El jardín de senderos que se bifurcan. Estos bautizos simbólicos acompañan la narración y le confieren nuevas capas de sentido. También se vale de intertextualidades precisas para situarnos, con la naturalidad de quien narra un recuerdo íntimo, en las coordenadas históricas y sociales que daban forma al mundo exterior mientras la protagonista, ajena o en lucha con ese contexto, vivía sus aventuras.

Esta novela breve se alza como un homenaje a a la osadía, a la amistad silenciosa que sobrevive al tiempo y al desencanto, y al empeño profundamente humano de arrebatarle a la muerte, y sobre todo al olvido, no solo el recuerdo de una mujer inasible, sino el legado literario que brota de su extravío, de su desmesura, de su necesidad de ser.

El leitmotiv de la autora es la generosidad de la anacahuita, ese árbol que vi en el parque, que cobija la semilla hasta que brota a la vida. Es regalar al mundo los poemas de María de la Luz. Al leerlos, asistimos al proceso tortuoso, desordenado y bello de la protagonista: romper su crisálida y transformarse en poesía; otorgarle textura a su experiencia humana, a esa vida multifacética, insatisfecha y desigual, y convertirla en lenguaje. María se encarna en poema como el llamado más genuino a mirarla, a escucharla, a sentirla. Pero enmudece a destiempo. Y su amiga no ha hecho otra cosa que prestarle su voz.

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