Guardianes de la verdad Areíto

Piel sospechosa, de Luis Rafael Sánchez, sonata y balada del Negro Bembón

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El discrimen racial tiene en Puerto Rico una historia. Y un ocultamiento. Porque siempre se presenta como inexistente. Aunque se inició como un pueblo negro, de la isla se da la idea de que todos son blancos. Sin embargo, el puertorriqueño de a pie lo sabe. Sabe que, a pesar del relato de una blancofilia que aparecen en los libros y de unas esencias hispánicas que manejan ciertos intelectuales, (a veces por oposición como lo hizo Pedro Mir: “Puerto Rico ha conservado la esencia hispánica de su nacionalidad a pesar de una campaña activa y profunda de casi tres cuartos de siglo para enajenarla” (240).

Puerto Rico habla español y sus murallas y monumentos históricos recuerdan la cultura hispánica. Pero come y baila como un pueblo de negros. Tal vez esa realidad imborrable que se afirma con el puertorriqueño de Loíza, de Guayama y de tantos bolsones costeros donde la negrada conserva, lo que hoy se llama: ancestral raza africana. Un pueblo, en fin, de mulatos y de blancos, de mestizos y jaba’os… de gente que nace con el color de la piel de acuerdo con la mezcla de sus abuelos y sus padres.

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Fray Iñigo Abbad y Lasierra, quien narró su historia y costumbres a finales del siglo XVIII, dijo: “No hay cosa más afrentosa en esta isla que el ser negro, o descendiente de ellos” (63). La esclavitud desarrolló en Puerto Rico, como en La Española, el mismo modelo; pero la salvedad grande está en que dado el grito de Bois Caimán en Saint-Domingue (1791), llegaron a las tierras boricuas nuevos esclavistas interesados en exportar mercaderías a mercados capitalistas europeos. Entonces se revivió la esclavitud negra y la Real Cédula de Gracias (1815) ayudó a la introducción de nuevos esclavos, que añoraron las gestas de Toussaint y llegaron a coger la yola para a buscar la libertad el Santo Domingo independiente.

El discrimen y el alejamiento del negro quedaron en los libros que asentaban el nacimiento. “Libro de blancos”, “libros de pardos” y “libros de negros”, donde fincaron clasificados y divididos; escindidos de los espacios del poder. Cuando la ensayística culturalista puertorriqueña pregunta por las “esencias nacionales”, desde Salvador Brau hasta Antonio S. Pedreira, la narrativa de un Puerto Rico jíbaro ocultó la realidad del Puerto Rico negro y el Puerto Rico mulato.

Los escritores contestatarios, como los de las últimas generaciones, no han cesado en poner de manifiesto el encubrimiento del discrimen racial en Puerto Rico. Los precedentes nos llevan a Alejandro Tapia y Rivera, “La cuarterona” (1867) y “Puerto Rico como lo encontré y como lo dejo” (1882), a Luis Palés Matos, “Tuntún de pasa y grifería” (1937); a los “Cinco cuentos negros” (1976), de Carmelo Rodríguez Torres…

A pesar de todas estas calas, y miradas, como la de José Luis González en “El país de cuatro pisos” (1979), el discrimen a los negros en Puerto Rico sigue dado por una clase que aquí llaman “blanquitillos”. Mientras los grupos populares ascendieron en la escala social por vía de la música, como Rafael Hernández, Bobby Capó, Tito Rodríguez y Tite Curet Alonso… y en los deportes con Roberto Clemente, Igor González, Rubén Sierra y Carlos Delgado… el gusano malsano del discrimen persiste. Y en este texto de Luis Rafael Sánchez tiene su balada.

Este libro manifiesta un resarcimiento de por medio: develar el discrimen que se esconde en el silencio y que aparece en la mirada de quienes quieren siempre poner al negro en “su sitio”. Es un texto que realiza el itinerario de una narrativa que queda en las prácticas, en el inconsciente de un sector, que se cuela en el relato y que se repite como las islas del Caribe (Benítez Rojo) y aparece en la radio, en los periódicos o en las redes; siempre hace su entrada cuando se destaca un negro, siempre que en algunas luchan se le imputa heroicidad; siempre sea necesario definir al colectivo, subrayo: Siempre que hay que echarle la culpa a alguien o hay que criminalizar a la otredad.

Cómo fino prosista y con un estilo caribe, Luis Rafael Sánchez presenta el escenario, el lugar, el momento en que acaece el afloramiento de ese tesoro guardado que parece darles tranquilidad a los señores del orden caribeño: a la aristocracia del dril, a los condes de la mermelada… Luis Rafael Sánchez va de lo popular a lo “culto”. Desde la guaracha de Bobby Capó, “Mataron al negro bembón”, pasando por la música de Rafael Hernández; y “Las caras lindas” de mi gente negra, de Tite Curet. Llega a buscar a esos negros que se salen de orden en los velatorios y cantan y bailan, como lo hicieron durante el entierro de Cortijo, o el del mismo Tite.
La búsqueda de lo negro en Estados Unidos, Mohamed Alí, sus luchas por los derechos civiles, la concomitancia con el Caribe: Santo Domingo, Jamaica, Haití… con un estilo fino, con palabras precisas y unidas a un cierto cachondeo caribeño. Una cierta evocación de la cultura del Siglo de Oro español queda en el sabor de esta prosa-cultura, de hondura popular y contextos lejanos. Su belleza no habla solamente por la forma ni en el invento de giros y palabras, sino en cantarle las verdades al discrimen. En estos textos la lengua no parece mechada en gentilicios, determinantes, verboides, significante y significados, en códigos y lexemas … sino en el decir profundiza en lo humano y aparta la ancestral manera de “poner al negro en su sitio”. Ese sacarlo de la política. Porque en Puerto Rico el negro aparece en la política como el jengibre para el remedio. Y cuando esto ocurre aparecen los que quieren apartarlo solo por el color de la piel.
Y a pesar de tanto apartamiento son variados los escenarios en los que los negros han entraron como destacados actores. Pero no basta que el negro pueda triunfar como cualquier otro: le persigue ese ponerlo donde va. En su gueto, en su barrio… en “su sitio”.
Estos ensayos de “Piel sospechosa”, (Seix Barral, 2025), escritos por el príncipe de las letras puertorriqueñas, tienen la belleza de la forma, la hondura del tema humano que tratan, la pertinencia de un tema que hay que abordar y de una práctica que hay que eliminar. El libro es encantador. Podríamos decir que es el prontuario de todo lo que una cultura ha realizado y simbolizado de un problema que se silencia y que aquí encuentra su balada, su guaracha, su bolero y su paso de comedia.
Invito a leerlo y a disfrutar un libro que no acaba. Inconcluso en las miradas, en la causa que tiene entre manos. Se destaca también por su decir en puertorriqueño. Por el aguacero que desata en el contexto del abandono y el naufragio caribe. Texto candente que recuerda la esperanza de aquellos negros que miran a otros negros poner las tejas de la catedral católica de Le Cab (hoy Cabo haitiano), simbolizado en la novela de Alejo Carpentier, “El reino de este mundo”, caminaba y esperaban que llegare el día en que la tortilla se dé la vuelta. Y los negros no sea descrinados ni por el color ni por no poseer “un abuelo que ganara una batalla”, ni por lo que es más que evidente: tener “dinga y mandinga”.

Sobre el autor

MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN

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