Literatura
Scherzo sobre la sociedad de los poetas vivos
Dedicado a un tal don Luis de Góngora

Luis de Góngora
Si piensa el amable que la investigación literaria no tiene humor, está equivocado. Después de décadas rastreando lo escrito, y lo parlado, se puede encontrar las coordenadas de la sociedad de poetas vivos, mucho antes que pensar en la de los poetas muertos. Vamos por parte, como decía el recordado Jack. Primero, los vivos que están en el bollo y, luego, los muertos que están en el hoyo.
A seguidas es preciso confesarse con Quevedo. Maestro de la risa, la ironía, la farsa. Y quien destripó con sus lanzas (mejor dijo lances que lanzas) poéticas a don Luis de Góngora. Tan gran poeta era que escribía, no de serranillas como el Marqués de Santillana, sino sobre Venus, Galatea, Ceres… y mujeres mucho menos casquivanas. También escribió líneas tan maravillosas, como: “Aprended, flores, en mí/ lo que va de ayer a hoy, / que ayer maravilla fui, / y hoy sombra mía aun no soy…” Pero vamos Quevedo que no era solo unas gafas. Le dijo al poeta barroco tantas cosas que resultan hoy impublicables:
Era un reloj de sol mal
encarado.
Érase un elefante boca arriba,
Érase una nariz sayón y
escriba,
Un Ovidio Nasón mal narigado.
No dejaron los lances poéticos de España de tener un nuevo escenario en América. La ciudad pequeña y llena de mentideros que fue el Santo Domingo colonial se colmó de eximios caballeros que, donde dejan las espadas (la Colada y la Tizona), tomaban la pluma. La última para quejarse por igual de los servidores de Castilla y de Sevilla; o para encantar a la barragana que tenían en las tierras lejanas de las estancias. Y así entre jengibre, cueros, martes de ‘carnestolendas’’... se afianzaron las haciendas de la patria que florecía. Todo era en ciertos siglos carnavales, chanzas y porfías de plebeyos y señoritos que se malquistaban en los espacios citadinos. Aquí fueron caballeros, los infantes y los ladinos.
La primera afición de nuestros poetas, según contará mañana una historia en migajas, es (panderetas): la política. No pocos acabaron por ello en el patíbulo. Pensemos en el siglo XIX. Poetas airados por la patria contra Santana. Un intento de magnicidio cuando la República aún estaba en el pesebre. Un poeta democráticos que algunos dieron por loco, tal vez para que el seibano no le metiera la mano o la espada. Sin España ya éramos así fundacionales y exaltados. Tal vez pensarían algunos que la patria se hubiese salvado si el poeta le hubiese propinado a Santana una mandada al infierno. Los poetas eran duartianos o santanistas y otro hubo que saltó entre ambos partidos. Y terminó muerto. Es el caso de Rodríguez Objío, intelectual y héroe de esos años gloriosos.
Contra Ulises Heureaux, Lilís, a quien le gustaba la prosa y la espada, también insurgieron los poetas. Aquí la cosa se puso más dura. Patíbulos y cárcel en El Homenaje. Algunos se exiliaron en Haití y descubrieron la belleza haitiana y que no solamente había que defender la frontera. Rogaban las madres y los patricios porque Lilís no fusilara a algunos insurrectos en el extrarradio de la ciudad. Pero el negro que le gustaba la prosa no cedió y repartió años de cárcel, envió a muchos al exilio o la tumba. Llegaron los poetas a Puerto Rico: los Abelardo, los Ortea y los Deschamps …aquí conspiraron. Se pusieron de acuerdo y con los Botello y Cesario Guillermo invadieron por el este la media isla. Lilís, en su función de Ministro de Guerra y Marina, salió de Santo Domingo a darle caza. Cuenta la historia las refriegas que tuvieron lugar en el Seibo; en Higüey fusiló a los Botello y al poeta Ortea. Persiguió por las montañas y dio muerte luego a Cesario Guillermo.
Ya lo dice Moscoso Puello en su “Navarijo” (1940), que caminaba por la ciudad el poeta Abelardo acompañado desde muy jovencito con un revólver al cinto. Luego dirá a la señora narratoria de sus “Cartas a Evelina” (1941): Señora, en este país los poetas andan armados. Y tenía razón. En las luchas patrias, las revoluciones del Concho Primo, los poetas estaban armados. Figúrense el asalto a la gobernación de San Pedro de Macorís por una banda de poetas.
Trujillo tuvo más suerte. Fraccionada la ciudad letrada con la lucha de los nacionalistas; la desocupación “pura y simple” del territorio dominicano en 1924 y el regreso de Horacio Vázquez, los poetas vinieron en él al hombre necesario para terminar con el desorden de las revoluciones. Algo así como quitarle las mañanas a la mula de Fello Macario. Los teóricos de un régimen autoritario pasaron del partido de Estrella Ureña, émulo de las fuerzas civilizatoria del fascismo italiano, al partido del coronel Trujillo.
El centro fue Santiago. El periódico La Información. De allí salieron los poetas no solamente a publicitar la figura de Trujillo, sino que se implicaron en el aparato de gobierno. Y algunos en su estructura de opresión. Tulio M. Cestero, Tomás Hernández Franco, Ramón Emilio Jiménez, el seibano Emilio A. Morel y Joaquín Balaguer hijo, quien dice en su primera memoria que “fue secuestrado” por el futuro tirano. Balaguer era amante de la prosa como Lilís. Balaguer escribió discursos para exaltar a Trujillo luego de hacer lo mismo con Estrella Ureña. Su padre, Balaguer Lespier le pidió al flamante presidente que lo nombrara Abogado del Estado, puesto que ocupó antes de entrar al servicio diplomático.
Trujillo les dio puestos en el gobierno y curules a los poetas para que gritaran: “¡Corroboro, corroboro!”. Cosa que no pudo hacer con Juan Bosch. La dictadura era de licenciados, de gente de ley y de orden. Listos para poder entender que “donde resbala un abogado se cae un chivo”. Trujillo exilió a muchos. A otros los secuestró o mató. Fue una cacería de la Espada contra las Letras. Esa que Salomé deja muy bien situada en el poema “A mi Pedro”. La historia de los poetas vivos parece no terminar con los poetas muertos.
Y así, en conceptos de Diógenes Céspedes, los poetas y los prosadores, trabajan la metafísica del signo. Que, en lenguaje de la calle, significa que no ponen las carnes donde ponen las palabras. A menos que sean las de comer. Es decir, “saben bañarse y guardar la ropa”. El poeta “es chivo” como todos los dominicanos. Su verdadero partido es el de la metafísica del signo. Su lucha contra otros poetas es un artículo en la enciclopedia de la infamia. Su odio a los críticos es visceral.
Cuenta Juan Carlos Onetti que en tierras caribeñas, cuando se encuentran dos poetas, sacan sus pistolas y se dicen en voz alta: “Si me lees, te leo”. Tal vez el uruguayo no tuvo en cuenta la mala descripción que da Alejo Carpentier de Asunción vista como un establo, luego de las tretas del editor de sus obras… Pero volviendo acá, bajando las calles de la Primada, se notaba en los años cincuenta cómo los poetas encontrados por casualidad tomaban aceras distintas. O se miraban de malas ganas, porque este era un poeta al estilo español y aquel era otro al estilo francés.
El tiempo de los lances entre poetas, como los de Quevedo y Góngora, permanecen en el tiempo. Hoy no se escribe de ellos. ¿Será porque estamos perdiendo el humor y hemos olvidado la sátira?
(continuará).