Soledad Álvarez dialoga con Pedro Henríquez Ureña

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En la obra que nos ocupa, una mujer dice lo siguiente: “(…) en estos tiempos de sorderas e intolerancias que atentan contra el ideal de la democracia verdadera, en estos días de apartamientos del intelectual por el escepticismo y las frustraciones acumuladas, Pedro Henríquez Ureña sigue hablándonos, desde su inmarcesible magisterio socrático, de la defensa de la lengua, del rigor y la disciplina en el trabajo intelectual para dejar atrás ‘la literatura de apasionados vanidosos, la perezosa facilidad, la ignorante improvisación’. Y, como en aquellos días de heroísmos ya lejanos, seguirá hablándonos de la justicia, la libertad y, sobre todo, de un humanismo que haga posible la regeneración de nuestra América, la salvación del hombre, de la humanidad”.
Son las palabras -cuasi rezo, diría yo- de Soledad Álvarez, nuestra inmensa poeta y probada ensayista quien en las páginas de Pedro Henríquez Ureña: una conversación que no termina (Editora Nacional, 2025) ha plasmado con certera prosa, profunda admiración y decidido respeto una renovada mirada a importantes y definitorios segmentos de la vida y obra del más grande, preclaro, e iluminado de los pensadores dominicanos de todas las épocas. Ya sea sustentando -contra la injusta opinión de ciertos críticos- la inagotable pasión dominicanista del segundo hijo de la poeta y docente Salomé Ureña y del consagrado médico y político Francisco Henríquez y Carvajal; ya sea disecando su dimensión panhispánica y americanista en ese México que le vio agigantarse a la vera de los adelantados jóvenes del Ateneo; ya sea narrándonos cómo en Cuba y Estados Unidos le acogieron como estudiante, periodista y profesor facilitándole codearse con el avant-garde; ya sea en la Argentina del entrañable Borges testigo de su súbito e inesperado fallecimiento; o repasando en hermosos párrafos la profunda relación que el magno escritor y filólogo mantuvo con Salomón de la Selva y Alfonso Reyes, inseparables amigos, colegas de la palabra, y, por qué no, avanzados alumnos suyos capaces de hablarle ‘con el corazón en la mano’ tal cual hizo Reyes en una misiva que cito a continuación: “(…) yo no podré nunca escribir ni hablar de ti: por una parte me resuena todo mi ser cuando me propongo definirte; por otro mi sentido mexicano del ridículo me cohíbe. Estás demasiado, no diga ya cerca, dentro de mí. Has sustituido mi conciencia”.
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Como curioso lector no académico, pienso que, si hubiese de destacarse el más importante logro del libro que celebramos, este correspondería al delicado entramado en el que atando detalles, anécdotas y reflexiones sobre cada una de las esferas antes mencionadas Álvarez ha colocado la portentosa figura de nuestro protagonista justo en el centro de las sacudidas experimentadas por el hombre sensible y angustiado del presente.
Recordemos que el periplo existencial de Henríquez Ureña es el del viajero, el del inquieto itinerante envenenado por un perenne desarraigo y ajenidad hacia aquella República Dominicana de antaño, pobre y pequeña de educación y oportunidades, que, sometida a las vicisitudes políticas de nación joven y oprimida, empujaba a los ilustrados hacia otras moradas en las que se erigirán, como hizo él quizás más que nadie, en forjadores de imperecederas redes culturales, educativas y artísticas para la posteridad. En este volumen, la autora desarrolla dicha idea con la brillantez característica de sus trabajos argumentando que la dominicanidad del personaje se reafirma justamente en ese peregrinaje, como aporía, padecere, o pasión acrecentada en un largo exilio que comienza en 1901 y se interrumpe por apenas dieciocho meses tres décadas después.
La poeta acota con claridad insustituible que en Henríquez Ureña “la reconstrucción del pasado deviene imagen proyectiva del ‘ser’ dominicano”; así, “más que un pasado, República Dominicana ha sido aspiración de futuro, vocación que sobrevive en una historia de adversidades gracias a la existencia de la conciencia nacional y a la fortaleza de una cultura en la que se articulan tradición e identidad”. Nos recuerda también cómo el apego de Henríquez Ureña al país que le vio nacer era parte de una idea de reivindicación de la nación a la cultura hispanoamericana, blasón que le corresponde como ‘cuna de América’ y primer espacio de implantación de la cultura europea en el Nuevo Mundo. Ello así aun a pesar de su otrora penoso fenotipo de sociedad premoderna y turbulenta, el petit pays chaud, en palabras del ensayista, quien insistirá en que el terruño “es un fragmento de la gran familia hispánica”.
Es justo anotar que este trabajo constituye una riquísima fuente de referencias para el lector interesado y también para el estudioso; en esa tesitura, es admirable como Soledad aborda la monumental obra y el complejo “ser” de un teórico y acabado investigador sobre quien se han publicado si no cientos, miles de manuscritos, artículos y disertaciones; un escritor que ha atraído una legión de “pedristas” desde todas las latitudes. Por supuesto, incluyo aquí a reconocidos intelectuales nacionales que ya habían publicado valiosos textos sobre distintos aspectos del erudito, entre ellos Pedro Henríquez Ureña. Esbozo de su vida y de su obra, de Jorge Tena Reyes; Dominicanidad de Pedro Henríquez Ureña, de Emilio Rodríguez Demorizi; Pedro Henríquez Ureña: Errancia y creación, de Andrés L. Mateo; Treinta intelectuales dominicanos le escriben a Pedro Henríquez Ureña, de Bernardo Vega; y los catorce tomos de sus Obras completas publicadas hace una década por el Ministerio de Cultura y titánicamente editadas por Miguel D. Mena, entre otros.
Pero me pregunto: ¿Qué aporta este delicado y querido libro a lo ya previamente establecido sobre nuestro autor? Además de la cuidada edición a cargo de la Editora Nacional y de las importantes publicaciones consultadas en él, las cuales, insisto, de seguro servirán de soporte a futuras generaciones de interesados, la poeta ha hecho de Henríquez Ureña un avanzado pensador de la contemporaneidad. Esto así en tanto sus certeros comentarios y cavilaciones no solo “aterrizan” viejos textos (que para algunos parecerían desfasados), sino que los engalana en un diáfano intercambio con el lector no experto ilustrando el alcance y dimensión humanista universal del ilustre dominicano.
Soledad Álvarez desmenuza todo aquello sobre la página con indiscutible gracia y elegancia poéticas, sin descuido ni mucho menos trivialización; y, sin pretensión enciclopédica, escoge importantes definitorios pasajes de la dilatada trayectoria vital y creativa del celebrado estudioso a fin de conformar un volumen, que, desde ya, les invito a devorar. Encontraremos en él detalles sobre la privilegiada educación recibida por Henríquez Ureña en el modesto lecho familiar, sus tempranas lecturas y escritores favoritos; las indudables contribuciones legadas a la educación y culturas americanas de México y Cuba y la propia España; sus naturalmente humanas vacilaciones y desencuentros; la profunda amistad que le unió a dos grandes del continente (el mexicano Alfonso Reyes y el nicaragüense Salomón de la Selva); e incluso, Soledad nos regala una memorable y desgarradora coda a Salomé Ureña de Henríquez, singular madre del venerado ensayista y “primera poetisa del país” con la que la que escoge cerrar las 135 páginas de este libro.
A mi modo de ver, “Pervivencia de Pedro Henríquez Ureña” es el más acabado de los ocho ensayos que conforman este trabajo esencial; lo decimos conscientes del sesgo de quien escribe y admira, de quien siente a un autor y, con todo el respeto, no de aquel que estudia a sus estudiosos. En su acostumbrada prosa cristalina, Álvarez narra en esta obra los porqués de la continuada presencia del utópico soñador en los círculos literarios latinoamericanos y el interés que por su legado continúa creciendo en el tiempo más allá de la estela de admiradores que desde siempre exaltaron su magisterio y vocación socrática, su espíritu crítico y la exigencia de perfección hacia el americanismo y humanismo modernos.
A través de certeros argumentos, la también Premio Nacional de Literatura ha sustentado inequívocamente nuestra conclusión y la de muchos de que, en efecto, Pedro Henríquez Ureña es el incomparable filólogo, crítico, editor, académico, docente e investigador que desde hace tiempo encarna el más ilustre historiador de nuestra cultura y de nuestra literatura. Así lo establece Soledad: “La aleación como metales preciosos de la obra de Pedro, vida ejemplar e influjo intelectual y moral explica la admiración de quienes lo conocieron, pero no deja de llamar la atención cómo ha crecido la valoración de su figura (…), pues, en la medida en que se ha ido conociendo mejor su biografía intelectual, nuevas lecturas y relecturas iluminan aspectos de la misma en sincronía con la actualidad y los cambios en el horizonte intelectual, rasgo distintivo del autor o libro clásico que, al decir de Ítalo Calvino, persiste como ruido de fondo allí donde la actualidad más incompatible se impone”.
El diálogo aludido en el título de estos comentarios pretende hacer referencia a uno de los más notables rasgos del sabio ido a destiempo: su pasión por la conversación como instrumento de debate, creación y enseñanza. Por ende, debo citarle antes de concluir a fin de ilustrar cómo esa contemporaneidad ya discutida hace de Pedro (sí, Pedro, porque a quien se quiere se le debe tutear), una inagotable fuente y referencia moral a favor de un mundo celeste, sin odios, ni muros, ni lenguas, ni razas, tal cual afirmó alguna vez refiriéndose a la civilización “como el triunfo del amor” en el contexto de su concepción utópica del futuro. Le cito:
“Si la magna patria ha de unirse deberá unirse para la justicia, para asentar la organización de la sociedad sobre las bases nuevas, que alejen del hombre la continua zozobra del hambre a que lo condena su supuesta libertad y la estéril impotencia de su nueva esclavitud, angustiosa como nunca lo fue la antigua, porque abarca a muchos más seres y a todos los envuelve en la sombra del porvenir irremediable”.
Jochy Herrera es escritor y cardiólogo. Autor de Carne y alma. Imágenes de la corporalidad (Huerga & Fierro Madrid 2025) y Premio Nacional de Ensayo 2024