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PASTOR OSCAR AROCHA
“El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él” (Juan 14:21).

En este verso se ven tres asuntos: uno, amor a Cristo u obediencia a sus preceptos; luego, los que así andan serán iluminados, y por último, sentirán el amor de Dios o experimentarán deleite. Amor y deleite son inseparables. Este deleite no es común, sino peculiar del verdadero Cristiano, como si Dios en Su Gracia premiara su amor y lealtad. La Biblia habla de asuntos que sólo pueden ser entendidos de manera individual y no existe forma de describirlo: “Al que venciere, daré a comer del maná escondido, y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita escrito un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe” (Apoc.2:17).

Es experimental, un deleite claro, distintivo e incuestionable, y esto por su procedencia y efecto. El deleite en las criaturas pudiera ser claro, distintivo, pero débil y de corta duración, al poco tiempo se siente un vacío. El divino excede lo humano, es profundo, permanente en el corazón creyente; es una experiencia real, toca los cimientos más profundos de nuestro entendimiento y sentimientos, llega a la raíz de la propia vida del hombre.

Oiga el canto de uno que lo conoció: “Contigo está el manantial de la vida; En tu luz veremos la luz” (Sal.36:9). Su expresión es de triunfo, gozo, alegría, y note que conecta la iluminación con el deleitarse. Se trata de un milagro, es una luz o conocimiento dulce. Por tanto, ha de ser tu mayor empeño no cesar de amar a Cristo, u obedecer sus preceptos porque este deleite no va antes que el amor, sino después. Ámalo, pues sincera y fuertemente y te deleitarás en Dios, como está escrito.

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