Guardianes de la verdad Opinión

Tragedia del Jet Set

Un año después del silencio

Recordar, entonces, es seguir pronunciando 236 nombres y saber que la memoria no termina ahí.

El 8 de abril de 2025 sucedió la tragedia más grande registrada del República Dominicana: el colapso del techo de la discoteca Jet Set.

El 8 de abril de 2025 sucedió la tragedia más grande registrada del República Dominicana: el colapso del techo de la discoteca Jet Set.

Creado:

Actualizado:

No todas las noches terminan cuando amanece.

Algunas quedan suspendidas en la memoria como una escena que se repite sin descanso, con la obstinación de lo que no encuentra sentido. No es solo el instante en que todo se quiebra, ese momento en que la música se detuvo, sino lo que vino después: el silencio, el desconcierto y la incredulidad que tarda en asumir que lo irreversible ya ocurrió.

Hace un año, la música se interrumpió y no ha vuelto a sonar igual.

Porque hay ausencias que no aprenden a convivir con el tiempo. No se domestican. No se integran dócilmente a la vida que sigue. Se instalan como una grieta, visible a veces e imperceptible otras, pero siempre ahí, recorriendo todo.

Se siente en las casas donde falta una voz, en las conversaciones que se detienen cuando alguien nota el vacío y en los gestos mínimos, como un asiento o un mensaje, que de pronto adquieren un peso inesperado.

La vida, dicen, continúa. Y es cierto. Continúa como lo hacen los ríos después de un derrumbe: arrastrando sedimentos, cambiando su cauce y aprendiendo otra forma de fluir sin que nada vuelva a ser lo mismo.

Sin embargo, junto al dolor íntimo, silencioso y difícil de nombrar, se despliega otro proceso más visible y, a la vez, más esquivo: el de las responsabilidades. Ese que el derecho promete ordenar, como si pudiéramos alinear lo ocurrido en una secuencia clara de causas y consecuencias, como si la verdad pudiera reconstruirse con la paciencia con que se arman los expedientes.

Lo cierto es que el tiempo del derecho no coincide con el tiempo del duelo.

El primero avanza con cautela, con términos, pruebas y debates técnicos sobre deberes, previsibilidad u omisiones. El segundo no avanza: se transforma, se filtra, persiste. Entre uno y otro se abre una distancia en la que la espera amenaza con diluir la exigencia y empujar lo ocurrido hacia una zona menos urgente y más fácil de archivar en la memoria colectiva.

Pese a ello, hay tragedias que resisten ese desplazamiento, porque no todo lo que ocurre es azar. No todo lo que duele es inevitable. Algunas devastaciones no son solo infortunio, sino también consecuencia de decisiones y de omisiones.

Cuando lo irreparable pudo evitarse, aunque sea en parte, el silencio pesa. Se convierte en otra forma de ausencia, una en la que las respuestas no llegan y las responsabilidades no terminan de delinearse con la claridad que exige una herida de esta magnitud.

Recordar, entonces, es seguir pronunciando 236 nombres y saber que la memoria no termina ahí. Hay que sostener la incomodidad, negarse a que el homenaje sustituya a la verdad y a que el paso del tiempo haga el trabajo que corresponde a quienes tienen la obligación de responder.

Estas ausencias ya no pueden repararse, pero todavía hay respuestas que deben darse. La música se interrumpió en una pausa eterna y dolorosa. Ojalá que sepamos escuchar todo lo que ese silencio aun nos reclama.

Sobre el autor
Radhive Pérez

Radhive Pérez

tracking