Maestra
El arte también transforma
Rafaelina, maestra del sistema escolar dominicano y artista en constante evolución, deja impresa en sus lienzos una identidad estética que se revela en tres dimensiones profundamente significativas:

Rafaelina, maestra del sistema escolar dominicano y artista en constante evolución, deja impresa en sus lienzos una identidad estética.
Mis escritos deben inspirar, animar y ayudar a otros a encontrar su propósito y destino; por eso, mi papel como escritor y crítico de las artes plásticas no se limita a las reglas académicas: exalto el esfuerzo, la parte ingenua o naïf y la energía que impulsa a los artistas.
Aquí les dejo mi crítica de la exposición Mujeres Virtuosas II:
Rafaelina Tejada es más que una artista: es un alma que ha encontrado en las artes plásticas un lenguaje profundo para levantar, con ternura y firmeza, la dignidad del ser humano. Su obra no solo se contempla, se siente; no solo se observa, se escucha como un eco de historias que se niegan a desaparecer. Hoy nos encontramos frente a una exposición sui generis, peculiar y profundamente humana, titulada Mujeres Virtuosas II, donde el arte trasciende lo individual para convertirse en un acto de comunión, memoria y amor.
En esta muestra, la artista entrelaza su universo creativo con el de una figura entrañable: su abuela, Hilaria Abreu (Nina), una mujer de 90 años que, lejos de ser espectadora del tiempo, se convierte en protagonista de un diálogo pictórico lleno de vida. En este gesto, Rafaelina no solo enseña, sino que honra; no solo guía, sino que aprende. Juntas, tejen un puente entre generaciones, donde la experiencia y la sensibilidad se abrazan para narrar la historia silenciosa —y muchas veces olvidada— de la mujer dominicana.
Rafaelina, maestra del sistema escolar dominicano y artista en constante evolución, deja impresa en sus lienzos una identidad estética que se revela en tres dimensiones profundamente significativas:
Un estilo peculiar, porque rompe con la tradición de la autoría solitaria y transforma la exposición en un acto pedagógico y afectivo. Aquí, el arte no es un monólogo, sino un diálogo entre abuela y nieta, entre pasado y presente, donde ambas levantan con dignidad la memoria sociopolítica de la mujer dominicana.
Un estilo naïf, donde la ingenuidad no es carencia, sino pureza. Las pinceladas libres, espontáneas y despojadas de rigidez académica se convierten en vehículos de verdad. En esa aparente simplicidad habita una profundidad conmovedora: la realidad de historias que, aunque relegadas al “salón abstracto del olvido”, resurgen con fuerza, color y voz propia.
Y un estilo redentor, porque rescata lo que el tiempo ha querido silenciar. Estas obras traen al presente a aquellas mujeres que lo dieron todo, que sostuvieron vidas, luchas y sueños. Las arrancan del anonimato y las colocan en un lugar de honor, recordándonos que, incluso en un mundo cada vez más mecanizado y distante, aún palpitan heroínas en la memoria colectiva del pueblo dominicano.
Mujeres Virtuosas II no es solo una exposición: es un acto de resistencia, un canto a la vida, un testimonio de que el arte tiene la capacidad de restaurar el alma de una sociedad. Es esperanza hecha color, es tiempo convertido en legado, es dignidad que se expande más allá del lienzo para tocar cada corazón que se detiene a mirar.
Gracias, Rafaelina, por ser puente, por ser instrumento, por ser luz. Por exaltar un legado tejido por manos de mujeres dominicanas valientes y por demostrar que el arte, cuando nace del amor y la memoria, no solo crea belleza: crea vida.