Transformación
Dejemos la mediocridad
Los medios de comunicación deben hacer preguntas que generen transformación.

Creada con Gemini
Me gustaría inscribirme en la tradición del realismo literario de Gustave Flaubert, autor que supo romper con los excesos del romanticismo mediante una prosa más explícita, rigurosa y una mirada crítica de la realidad. En esa misma línea, se vuelve necesario cuestionar y superar los discursos cargados de superficialidad y mediocridad que con frecuencia dominan los medios de comunicación en la sociedad dominicana.
Flaubert afirmaba, con evidente ironía, que “ser tonto, egoísta y gozar de buena salud son las tres condiciones para ser feliz; pero si falta la primera, todo está perdido”. Lejos de ser una apología de la ignorancia, esta provocación señala, en realidad, el peligro de una felicidad fundada en la inconsciencia. Sugiere que pensar, cuestionar y desarrollar conciencia puede incomodar, pero también es lo que nos eleva como individuos y como sociedad.
Una cultura que renuncia al pensamiento crítico, como lo que está ocurriendo en el dominicano, corre el riesgo de caer en la mediocridad y el estancamiento. Cuando se normalizan dinámicas superficiales o incluso tóxicas, se debilitan los cimientos de una construcción social que debería aspirar a generar bienestar, desarrollo y riqueza —no solo material, sino también intelectual y moral— en todos los rincones de la sociedad.
Mi crítica, constructiva y propositiva, surge de ciertas expresiones que escuchamos con frecuencia en labios de comunicadores. Frases como: «Yo vivo donde viven los ricos»; «¿Tú tienes dinero?»; «¿Cuánto ganas?»; «¡Ah, pero tú eres rico!». Y así podríamos continuar con una larga lista de enunciados que se repiten constantemente en entrevistas.
Esto refleja mediocridad y una falta de identidad. Sin embargo, también es importante reconocer que, desde una perspectiva sociológica, estas expresiones pueden interpretarse como señales de una cultura isleña, cíclica y sedienta de cambios. La mediocridad que aflora en estas frases revela una insatisfacción profunda respecto a quiénes somos realmente.
Hasta cierto punto, estas expresiones constituyen una falta de respeto hacia quienes poseen recursos y han trabajado arduamente para disfrutar del fruto de su esfuerzo. Se genera, así, una especie de crítica intelectual y una competencia injustificada.
A nadie le gusta que lo interroguen y que le hagan preguntas como dónde viven, que cuál es tu ingreso o si eres rico o no.
Las sociedades más evolucionadas promueven el trabajo; entienden que la riqueza es un medio, no un fin, y respetan la vida privada, evitando bombardearla con preguntas vulgares, especialmente en los medios de comunicación.
Estas prácticas también nos conducen a una segunda conducta: asumimos roles de víctimas y victimarios. Recuerdo que un día, en un campo de golf, me acerqué a saludar a un empresario. Le pregunté cómo estaba y me causó pena y vergüenza su respuesta: me dijo que estaba allí huyendo de tantas personas que lo abordaban para pedirle dinero. La famosa frase, muy dominicana, «¡Ah, pero tú eres rico!», encierra un mensaje implícito de obligación: el supuesto derecho a tratarte de manera distinta, como si debieras algo, como si estuvieras obligado a dar. Y esto se observa con frecuencia. Además, la mediocridad aflora cuando alguien progresa económicamente.
El propósito de esta reflexión es invitarnos a cuestionarnos, a movernos hacia un cambio de conducta y a formular preguntas más sustanciosas. Nos coloca frente a un espejo social que nos desnuda y nos desafía a transformarnos. Tener dinero no debería ser motivo de sorpresa; vivir en determinados lugares no debería convertirse en noticia; y quien posee recursos no está obligado a dar bajo presión.
Esta reflexión no nos invita a ser tontos, egoístas ni a refugiarnos únicamente en el bienestar personal. Nos llama a ir más allá: a respetarnos, a no abusar de los demás ni del sistema y, sobre todo, a no expresar frases que empobrecen nuestro pensamiento y nuestra dignidad.