Reflexión
Dios tiene competencia
Le pregunté a mi madre el significado del cuadro y ella me dijo que era el mensaje de que “Dios lo ve todo, lo escucha todo y lo escribe todo”, para que no se le escape ningún pecador en este mundo.

Dios tiene competencia
Cuando era niña le tenía miedo a un cuadro que colgaba en la casa de mi abuela. En una pared, entre una imagen del Corazón de Jesús y la Virgen de la Altagracia, había una pintura: un ojo, una oreja y una mano con una pluma que, se suponía, escribía todo lo que veía el ojo y escuchaba la oreja.
Le pregunté a mi madre el significado del cuadro y ella me dijo que era el mensaje de que “Dios lo ve todo, lo escucha todo y lo escribe todo”, para que no se le escape ningún pecador en este mundo.
Crecí con temor al cuadro y, desde luego, al poder del que todo lo ve y todo lo oye. Traigo la historia porque ahora, en tiempo real, nos escuchan, nos ven y nos ofertan bienes y servicios. Necesitaba a alguien para que reparara la lavadora y, en segundos, aparecieron en el celular talleres y reparadores.
A uno de mis hijos le indicaron una dieta sin carbohidratos y de inmediato le salieron recetas de panes sin harina, como si fuera un milagro. Basta mencionar un tema para que aparezca el mercado ofreciendo respuestas.
En la novela 1984, de George Orwell, el “Hermano Mayor” escuchaba y vigilaba. Era control político y manipulación del pensamiento. Hoy la vigilancia no necesita una pantalla en la pared: viaja en el bolsillo, entra a la casa y aprende de hábitos, horarios y conversaciones.
Orwell también imaginó la lectura del pensamiento. Ya se anuncia que la tecnología podrá interpretar señales cerebrales con una precisión inquietante. Existen dispositivos y programas que prometen acercarse a esa tarea. No es ciencia ficción, es una realidad que avanza sin debate público serio.
Gracias a los profetas bíblicos llegaron hasta nosotros las enseñanzas de Dios. Ahora no solo somos observados por el Creador: estamos a merced de los “creadores” que vigilan gustos, rutas, compras, las medicinas que recetan los médicos y hasta el sazón que se les añade a las comidas. Se captura información, se perfila, se vende, y se usa para influir.
Desde el cielo también se vigila. Miles de satélites compiten para ver quién controla mejor a los hijos de Dios. La competencia es fuerte y los “milagros” aparecen como por arte de magia. En un duelo, una mañana me apareció en el celular una lectura que me ayudó a respirar. No sé si fue consuelo o cálculo, pero llegó a tiempo.
Creí en la Ley de Protección de Datos y me volví celosa con mi información. Difícilmente la suministro, aun así, recibo llamadas de ofertas que no son de la compañía telefónica. ¿De dónde salen esos listados? ¿Quién los comparte?
Cuando comenté que escribiría sobre la competencia que tiene Dios en el cielo, me llegaron historias de redes donde se manejan datos íntimos, de esos que “solo Dios debería conocer”: enfermedades, medicamentos y, ni hablar, de infidelidades.
Alguien pidió una pizza, le preguntaron si era “la de siempre” y, al responder “¿cómo lo sabe?”, le dijeron: “Según su celular, las últimas 12 veces pidió una napolitana con jamón”.
Esto me da más miedo que el cuadro de mi abuela. Aquel cuadro asustaba, pero terminaba en la pared. Lo de hoy escucha, registra y comercia. Y lo peor no es que sepa, sino que use lo que sabe para empujarte, moldearte y venderte. Ahí es donde Dios, por primera vez, tiene competencia.