Guardianes de la verdad Opinión

Embajadora de EE. UU.

El discurso de Leah Francis Campos

No nos cansaremos de repetirlo: el mayor problema internacional de la República Dominicana es la frontera dominico-haitiana

Leah Francis Campos

Leah Francis CamposAlexis Monegro

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La embajadora de los Estados Unidos en la República Dominicana, Leah Francis Campos, exhibió con naturalidad sus valores cristianos en su primera intervención ante la Cámara Americana de Comercio (AMCHAMDR), en perfecta sintonía con una población dominicana mayoritariamente cristiana y profundamente apegada a su fe.

Tras años de ser bombardeados con una agenda cultural ajena a nuestra identidad —que no busca respetar e incluir minorías, sino deformar ideológicamente a las nuevas generaciones—, resulta reconfortante contar con la representante de la mayor potencia mundial en nuestro país que respeta nuestras creencias y comulga sinceramente con nuestra cultura.

Si analizamos el fenómeno migratorio con seriedad, el principal desafío es la integración cultural. Una migración que se convierte en carga económica permanente, que se desintegra socialmente, que vive en paralelo en un submundo regido por sus propios códigos, que no se adapta al contexto del país receptor y que, en muchos casos, delinque, termina generando inevitables y profundos resentimientos sociales.

No nos cansaremos de repetirlo: el mayor problema internacional de la República Dominicana es la frontera dominico-haitiana. Ejercer plena soberanía sobre esa línea —física, moral, cultural, histórica y espiritual— no es solo el sueño trinitario que dio origen a nuestra nación, sino el principal leitmotiv del Estado dominicano. Es, en definitiva, la razón de ser de nuestra nacionalidad.

Como sentenció Manuel Arturo Peña Batlle: “Para los dominicanos la frontera es una valla social, étnica, económica y religiosa absolutamente infranqueable; en cambio, para los vecinos, la frontera es un espejismo tanto más seductor cuanto mayor sea el desarrollo del progreso y más levantado el nivel colectivo en la parte española de la isla”.

Quien no comprenda esa idea jamás podrá valorar lo afortunados que somos de contar hoy con una visión de política exterior —la del presidente Trump— que respalda nuestra frontera. Un país que, cada vez que alzaba la voz para defender su frontera, era inmediatamente atacado por ONG’s que han convertido la tragedia del pueblo haitiano en una industria millonaria, lucrándose impunemente de la miseria de nuestro hermano país.

Durante años, patriotas que denunciaron esas amenazas fueron tildados —absurdamente— de “extrema derecha”. Sin embargo, fue la propia embajadora Campos quien confirmó que la administración Biden –y los sectores más radicales del Partido Demócrata– mantenían una política de fronteras abiertas y ejercían presión constante sobre la República Dominicana para que mantuviera abierta su frontera con Haití.

“Como todos ustedes seguramente saben, los Estados Unidos tiene su propia amenaza a la seguridad fronteriza, alimentada por la creencia de la anterior administración de fronteras abiertas. El resultado fue la llegada masiva de personas indocumentadas a mi país en cantidades sin precedentes, muchas de las cuales eran delincuentes o no tenían ningún interés en integrarse a los Estados Unidos ni en abrazar lo que nuestra nación y nuestros valores representan. Esto también se tradujo en una presión política sobre las autoridades dominicanas por parte de la administración Biden para que mantuvieran abierta su frontera con Haití en lugar de cerrarla”. Afirmó la embajadora Campos en su alocución en la Cámara Americana de Comercio (AMCHAMRD).

Esa presión se canalizaba, con frecuencia de forma condicionada, a través de ONG’s y ciertos periodistas y activistas, supuestos paladines de la moral, financiados con fondos de USAID que —como han denunciado el presidente Donald Trump, Elon Musk y el presidente Nayib Bukele— han contribuido en varios países a desestabilizar gobiernos y promover agendas contrarias a los valores mayoritarios, incluso en contra de los intereses nacionales de sus propios países. En República Dominicana ocurrió lo mismo, sin que hasta ahora haya merecido la menor investigación por parte de los autoproclamados guachimanes de la justicia.

Antes de la llegada de la embajadora Campos, el canciller Roberto Álvarez y el presidente Abinader habían advertido repetidamente en foros internacionales que el caos haitiano no solo representa una amenaza existencial para la República Dominicana, sino un grave riesgo para la seguridad de toda la región. Esa firme postura de la actual administración dominicana fue determinante para que la comunidad internacional abandonara su pasividad y respaldara masivamente la fuerza multinacional de eliminación de pandillas aprobada por el Consejo de Seguridad de la ONU para combatir a los bandidos y tratar de restablecer, aunque sea mínimamente, el orden institucional en un Haití colapsado.

Es una verdadera bendición que hoy la Casa Blanca esté alineada al cien por ciento con la defensa dominicana de la frontera.

Un palo por los 411.

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Julio Alberto Martínez Ruíz

Julio Alberto Martínez Ruíz

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