Dominicanos: el caos que llevamos dentro

Millizen Uribe, articulista
Si se quisiera hacer un experimento social para medir el nivel de caos que somos capaces de tolerar —y reproducir— los dominicanos, la calle Juan Alejandro Ibarra, en el ensanche La Fe, sería el laboratorio perfecto.
La recorro cada mañana rumbo al periódico Hoy, y en apenas unos 600 metros se puede observar una radiografía del país: desorden, egoísmo y una peligrosa normalización del irrespeto.
La calle es de una sola vía, pero los vehículos circulan en ambas direcciones, ignorando olímpicamente el letrero que indica “Una vía”, como si fuera un adorno urbano sin propósito. A esto se suma que los carros se parquean a ambos lados, reduciendo el espacio a una delgada franja por donde apenas cabe un vehículo y por la que se ven obligados a circular autos en sentido contrario.
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Y, para completar el cuadro, nunca falta un conductor que se detenga en medio de la calle a conversar, sin la menor prisa ni conciencia de que obstaculiza a los demás.
Lo más inquietante es que ya nadie se asombra. Ese desorden, que debería ser una excepción, se ha convertido en norma. Es el retrato cotidiano de lo que algunos sociólogos llaman “la cultura del sálvese quien pueda”: una forma de individualismo colectivo donde cada quien actúa como si el espacio público le perteneciera y las reglas fueran opcionales.
Como advirtió Zygmunt Bauman, la llamada modernidad líquida ha disuelto no solo las estructuras sociales, sino también los vínculos de responsabilidad entre las personas. Y eso se percibe cada día en nuestras calles: vivimos sin conciencia del otro, sin asumir que la convivencia requiere límites compartidos.
Pero ese irrespeto al orden no se limita al tránsito. También se expresa en la ocupación de las aceras, la basura lanzada sin pudor, los motores sobre las calzadas, los carros que bloquean las esquinas, los negocios que se adueñan del frente de las casas y los colmadones que hacen de la calle una extensión de su barra.
Hemos normalizado la invasión del espacio público como si fuera un derecho, cuando en realidad es la negación del derecho de los demás a transitar, respirar o descansar.
En el fondo, hemos confundido libertad con libertinaje.
Y esa confusión atraviesa todos los niveles sociales. No es solo un problema de barrios, es una manera de vivir. En las zonas acomodadas también se observa el irrespeto a las normas —el doble parqueo frente a los colegios, el bloqueo de entradas, los excrementos de perros en los parques—. Lo distinto no es el acto, sino la excusa: en unos casos se justifica como “viveza”; en otros, como “comodidad.”
La contaminación sonora es otro reflejo de esa cultura del desorden. No importa si es un colmado, un carro con bocinas o una casa vecina. Muchos dominicanos sienten la necesidad de poner música a todo volumen, sin importar la hora ni el derecho de los demás a descansar. Lo grave es que esa agresión sonora se ha normalizado.
Según el Ministerio de Medio Ambiente, entre el 60 % y el 95 % de las quejas ciudadanas en el Gran Santo Domingo corresponden a contaminación por ruido. Y el informe “Institucionalidad y Gobernanza en la Eficacia de las Políticas Públicas de Seguridad Vial”, realizado por el Defensor del Pueblo, revela que la falta de cumplimiento de la Ley 63-17 sobre Tránsito Terrestre figura entre las principales causas de accidentes y muertes en las vías del país.
El sociólogo Norbert Elias decía que la civilización comienza cuando aprendemos a dominar nuestros impulsos.
Y quizás ese sea nuestro mayor pendiente: aprender a contenernos, a respetar, a convivir.
Porque el gran desafío de este país no es solo económico o político, sino cultural y ético: entender que sin respeto no hay convivencia posible.
Lamentablemente, el caos de nuestras calles no es otra cosa que el reflejo del caos que llevamos dentro.