Tránsito
A la espera de que se actúe contra el caos vial
Ante el irrespeto brutal, ostensible y masivo a las normas de tránsito a que están lanzados muchos conductores de motocicletas, llama la atención que el Instituto de Tránsito y Transporte Terrestre (Intrant) formulara una precisión: la fiscalización y el control de la circulación vial son responsabilidad de la Dirección General de Seguridad de Tránsito y Transporte Terrestre, DIGESETT

Editorial
Ante el irrespeto brutal, ostensible y masivo a las normas de tránsito a que están lanzados muchos conductores de motocicletas, llama la atención que el Instituto de Tránsito y Transporte Terrestre (Intrant) formulara una precisión: la fiscalización y el control de la circulación vial son responsabilidad de la Dirección General de Seguridad de Tránsito y Transporte Terrestre, DIGESETT, un ente cuyos agentes muestran en los hechos un estoicismo extremo en plena calle cuando son rodeados por motociclistas que los ignoran olímpica e impunemente.
Una impavidez epidémica que es obligado atribuir, en primer plano, a una ausencia de directrices y órdenes superiores procedentes del Poder Civil que resulta demasiado evidente por las características de la entidad nacida con perfiles cuartelarios y jerarquía de grados militares y obligada a subordinar sus actos a instrucciones, narrativas y gestos desde niveles altos.
Sin los acicates y los lineamientos que procediesen del comandante en jefe de todos los institutos dirigidos por generales o de los ministerios con facultades delegadas, la Digesett tiene que tender a limitar sus actuaciones que la llevan a rozarse continuamente con ciudadanos. Que no se venga con el cuento ahora de que debería surgir espontáneamente desde estos subalternos de disciplina militar la iniciativa de aplicar remedios fuertes a un mal atronador que no ha sido capaz de sacar de una visible indiferencia a quienes están orgánicamente por encima del disciplinado cuerpo.
Menos en un país de presidencialismo y centralización extremos en el que, el alto funcionariato debe habla claro exteriorizando contundentemente la voluntad de enfrentar con energía los comportamientos anárquicos de cualquier sector aunque le quieran suponer importancia cuantitativa para la imagen de la administración del Estado. Ha llegado la hora de poner en pausa la habitual contemporización de paños tibios –un tanto similar a la de dejarse robar electricidad- ante inconductas colectivas y sectoriales que debilitan la institucionalidad. Es el momento de decir ¡alto ahí! antes de que la desidia reafirme ominosamente que en las calles la ley de tránsito es letra muerta y una preocupante expresión de vacío de autoridad.