Oportunidades
La ficción de la meritocracia
No se narran como beneficiarias de un sistema desigual, sino como resultado de su propio esfuerzo.

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“No creo en cuotas, creo en la meritocracia”.
La frase circula con demasiada comodidad en ciertos espacios de poder. Se pronuncia como si fuera una muestra de sensatez, como si bastara invocar el mérito para quedar del lado correcto de la discusión.
Sin embargo, pocas fórmulas resultan tan eficaces para preservar un orden desigual como aquellas que se presentan con lenguaje de justicia. Eso hace esta.
No niega de frente la desigualdad. No necesita hacerlo. Le basta con desplazarla. Le basta con correr la conversación hacia un terreno donde todo parece depender del talento, la disciplina y el esfuerzo individual.
Una vez instalada ahí, la estructura desaparece del encuadre. Ya no hablamos de privilegios, de redes, de herencias sociales, de códigos de pertenencia. Hablamos de mérito. Y al hablar de mérito en abstracto, dejamos intacto el sistema que distribuye de manera profundamente desigual las condiciones para alcanzarlo.
Shamus Rahman Khan en Privilege: The Making of an Adolescent Elite at St. Paul’s School, explica que al estudiar cómo se forman las élites contemporáneas, encontró que ya no tienden a pensarse como privilegiadas, sino como merecedoras.
No se narran como beneficiarias de un sistema desigual, sino como resultado de su propio esfuerzo. Han aprendido a traducir la ventaja en mérito individual. A convertir el acceso en talento. A leer como conquista personal lo que también ha sido facilitado por la historia, el entorno y la posición.
El privilegio, pues, no desaparece, sino que se refina, deja de presentarse como prerrogativa y comienza a hablar el idioma de la excelencia. Se encarna en maneras de hablar, de moverse, de argumentar, de habitar ciertos espacios sin titubeo. En la familiaridad con determinados códigos. En la seguridad de quien nunca ha tenido que preguntarse si realmente pertenece allí.
Nada de eso suele figurar en un currículo, pero pesa. Pesa en una entrevista. Pesa en una sala de juntas. Pesa en la forma en que una persona es percibida como capaz, confiable, adecuada o “natural” para ocupar un lugar de decisión.
Y cuando no se nombra, opera con más fuerza.
Por eso resulta tan engañoso presentar la meritocracia como si fuera un principio limpio, suspendido en el vacío. El esfuerzo importa, desde luego. Negarlo sería absurdo, pero el esfuerzo no ocurre en condiciones abstractas.
Ocurre en sociedades concretas, organizadas por desigualdades materiales, culturales y simbólicas. Ocurre en contextos donde algunas personas deben abrirse paso cargando obstáculos que otras ni siquiera alcanzan a ver.
La evidencia empírica ha sido consistente en esto: cuanto más se cree que el sistema recompensa exclusivamente el mérito, menos se examinan las condiciones desiguales que organizan las trayectorias.
La meritocracia no reduce la desigualdad; con frecuencia la presenta como si fuera justa. Convierte la ventaja en merecimiento y la exclusión en insuficiencia personal. Hace que quienes llegan arriba parezcan simplemente más aptos, y quienes quedan fuera, menos capaces. No porque así sea, sino porque el relato necesita que así parezca.
Cuando se rechazan las cuotas en nombre del mérito, ese es el punto que suele borrarse. Porque lo que se impugna no es una supuesta amenaza abstracta a la excelencia. Lo que se rechaza, en el fondo, es la posibilidad de intervenir sobre un sistema que ya viene sesgado desde el inicio.
Las cuotas no inventan una desigualdad. Responden a una desigualdad previa. No sustituyen el mérito. Discuten las condiciones en las que el mérito es reconocido, validado y recompensado.
En el contexto dominicano, esto no debería resultar difícil de advertir. Basta mirar el acceso desigual a educación de calidad, la circulación de oportunidades a través de redes cerradas, la persistencia de espacios y vínculos que se reproducen entre sí.
Por eso, cuando alguien dice que no cree en cuotas porque cree en la meritocracia, lo que está haciendo no es defender un valor universal. Está eligiendo no mirar las condiciones que vuelven desigual la competencia.
Está adoptando una narrativa que le permite hablar de justicia sin alterar demasiado el status quo. Le permite preservar una autoimagen limpia y seguir creyendo que quienes han llegado allí lo hicieron únicamente por lo que son, y no también por el mundo que los empujó, los formó, los reconoció y les abrió paso.
Sí, el talento existe. Sí, la disciplina cuenta. Sí, el trabajo importa. Pero nada de eso vuelve justo, por sí solo, un terreno que ha sido históricamente inclinado en favor de unas personas y en detrimento de otras.
El problema no es creer en el mérito, es invocarlo como si pudiera explicar por sí solo el reparto del poder, del reconocimiento y de las oportunidades en sociedades atravesadas por desigualdades profundas.
Cuando la meritocracia se usa de ese modo, deja de ser un ideal que obliga a revisar si las condiciones son realmente justas y se convierte en un discurso que absuelve al sistema de sus propias desigualdades.
Y entonces ya no cumple una función descriptiva, sino política: la de justificar el orden existente y atribuir al individuo las consecuencias de una desigualdad que lo precede.