Arquidiócesis
Fray Leopoldo, el obispo de la merced

Templo
Las discrepancias existentes entre la cúspide de la Iglesia católica y los presidentes que cubrieron el periodo 1865-71, primer lustro de la Restauración de la República, llevaron al Papa Pío XI asumir el control directo de la feligresía dominicana. El beneficiario de la situación fue un fraile de la Orden Franciscana, Leopoldo Angel Santanché de Aguasanta, nombrado por su santidad administrador apostólico de la iglesia de Santo Domingo y delegado de la Santa Sede ante el Gobierno, con el título de monseñor.
Desde que llegó a Santo Domingo, fray Leopoldo, nombre que adquirió la futura autoridad eclesiástica, atrajo la atención pública por lo sencillo de su vestimenta y la humildad de su presencia. En vez de zapatos calzaba sandalias. La primera visita que realizó fue al Padre Billini, gobernador de la Arquidiócesis, quien le dio alojamiento. De inmediato comenzó a trabar conocimiento con cuanta persona le era posible, de la clase elevada o la media y aun más de las capas inferiores.
Preguntaba muchas cosas, parecía poner ojos escrutadores en todo. Era, en realidad, un entrometido. Cuantos con él conversaban se encantaban de sus palabras y sus maneras. Apenas había quienes sabían su nombre, y todo el mundo lo llamaba “El cura de la merced”. Una mañana se supo que predicaría y la iglesia de las Mercedes se llenó de gente que iba a escuchar el sermón del fraile recién llegado. De hecho se convirtió en el motivo principal de la comidilla diaria, al extremo de que algunos llegaron a especular que “con este cura hay gato entre macuto”
En tanto esto sucedía, las conversaciones y los comentarios seguían girando alrededor del Cura de la Merced, no ya entre la gente de la iglesia y católicos practicantes, sino también entre aquellos a quienes las cuestiones de índole religiosa les eran punto menos que indiferentes. Se sabia que era italiano y que al inquirir sobre su nombre había respondido llamarse “Fray Leopoldo”. El pueblo presentía que bajo el tosco háabito del franciscano se escondía algo relacionado con el estado cada día más deplorable de los negocios eclesiásticos.
Una tarde, las campanas de la catedral fueron echadas a vuelo y le siguieron las del Convento dominico, Las Mercedes, Santa Bárbara, San Lázaro, San Carlos. Todas las campanas de todos los templos replicaban. La gente se preguntaba lo que estaba sucediendo. “El padre de la meced”, respondió un hombre del pueblo a otro que lo interrogaba. ¿Y qué es lo del fraile de la merced?, inquirió el otro de nuevo, para agregar: “Dicen que fue el Papa que lo mandó”, y mientras este hablaba así, otro decía: “Con que tenemos de arzobispo al fraile de la merced. Sabía yo que había gato entre macuto”…
A mí me dijeron —exclamaba otro-- que habían visto al fraile donde “Pan Sobao” (así le decían al presidente Buenaventura Báez) y que a poco tiempo se produjeron los repiques de las campanas. –Señores, exponía un católico militante: “Es que Roma va a intervenir para que se acaben todas estas cosas de la Iglesia, y ya que nuestra gente no se entiende, manda a este capuchino, que debe ser tamaño hombre, para poner orden aquí. Ya el gobierno lo reconoció como jefe de la arquidiócesis”.
No hubo que esperar mucho: el gobierno del presidente Báez, por medio de un anuncio oficial y los curas de la catedral, en el púlpito, informaban que fray Leopoldo Angel Santanché Aguasanta había sido nombrado por su SS, el Papa Pío XI, como administrador apostólico de la Iglesia de Santo Domingo. Al día siguiente, en la catedral, en acto solemne, el clero rindió acatamiento a la disposición emanada del Santo Padre. La consagración se llevó a efecto en agosto de 1871 y contó con la presencia del gobernante Buenaventura Báez.