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Importancia geoeconómica

Groenlandia y la Nueva Ruta de la Seda Ártica

Es un territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca, lo que la convierte en parte de la OTAN, aunque geográficamente pertenece a América del Norte.

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El Ártico está experimentando una transformación tan profunda como acelerada. El cambio climático, que durante mucho tiempo fue tratado como una preocupación ambiental distante, se ha convertido en un motor central del cambio geopolítico y económico. A medida que el hielo marino retrocede y la tecnología avanza, el Ártico evoluciona de ser una barrera congelada a convertirse en un espacio navegable y rico en recursos que conecta continentes. En el centro de esta transformación se encuentra Groenlandia, una vasta isla cuya relevancia estratégica supera con creces el tamaño de su población. Groenlandia se ha convertido en un punto focal de la llamada Ruta de la Seda Ártica, el esfuerzo de China por integrar las rutas marítimas del Ártico al comercio global, y en un escenario clave para los intereses estratégicos de Estados Unidos en el siglo XXI.

La Ruta de la Seda Ártica es una extensión de la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China, articulada formalmente en 2018 cuando Pekín se declaró un “Estado cercano al Ártico”. En su núcleo se encuentra la Ruta Marítima del Norte, que recorre la costa ártica de Rusia y puede reducir significativamente los tiempos de tránsito entre Asia oriental y Europa en comparación con las rutas tradicionales a través del Canal de Suez. Si bien Groenlandia no es en sí misma un corredor principal de tránsito, su ubicación entre el Océano Ártico y el Atlántico Norte le otorga un enorme valor estratégico. Se sitúa en la puerta de entrada donde las rutas árticas se conectan con las vías marítimas comerciales y militares más importantes que enlazan América del Norte y Europa.

Desde una perspectiva geopolítica, Groenlandia ocupa una posición única y sensible. Es un territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca, lo que la convierte en parte de la OTAN, aunque geográficamente pertenece a América del Norte. Este estatus dual sitúa a Groenlandia firmemente dentro de la arquitectura de seguridad occidental. Durante décadas, Estados Unidos ha reconocido su importancia, particularmente a través de su presencia militar en la Base Aérea de Thule —actualmente Base Espacial Pituffik— que desempeña un papel vital en la alerta temprana de misiles, la vigilancia espacial y el control del dominio ártico. En una era de renovada competencia entre grandes potencias, estos activos han recuperado una relevancia central.

El creciente interés de China en Groenlandia ha intensificado la atención de Washington. Pekín ha impulsado investigaciones científicas, diplomacia polar e intentos de inversión en proyectos de infraestructura y minería. Desde la perspectiva estadounidense, estas iniciativas no son meramente comerciales. En el Ártico, la infraestructura civil puede adquirir fácilmente un carácter de doble uso, apoyando la logística militar, la recopilación de inteligencia o la proyección de influencia estratégica. En consecuencia, Groenlandia se ha convertido en un frente clave de la competencia más amplia entre Estados Unidos y China por influencia, acceso y normas en espacios estratégicos emergentes.

Para Rusia, el Ártico ya es un teatro estratégico central. Moscú considera que las rutas árticas son esenciales para sus exportaciones energéticas y su desarrollo económico, además de albergar componentes críticos de su disuasión nuclear en el Alto Norte. Aunque Rusia no compite directamente por influencia dentro de Groenlandia, observa de cerca cualquier evolución que pueda fortalecer la postura ártica de la OTAN o facilitar una mayor presencia estadounidense o china en el Atlántico Norte. La Ruta de la Seda Ártica, en este sentido, se cruza con los intereses rusos y refuerza el papel de Groenlandia como un punto de articulación entre centros de poder en competencia.

Más allá de la geopolítica, la importancia geoeconómica de Groenlandia está creciendo rápidamente. La isla posee importantes yacimientos de tierras raras, grafito, uranio y otros minerales críticos que son esenciales para las economías modernas. Estos materiales son fundamentales para las tecnologías de energía renovable, los vehículos eléctricos, la electrónica avanzada y los sistemas de defensa. Para Estados Unidos, que busca reducir su dependencia de cadenas de suministro dominadas por China, Groenlandia representa una fuente potencial alternativa de minerales estratégicos. Asegurar un acceso diversificado y confiable a estos recursos se ha convertido en una prioridad nacional, vinculando directamente a Groenlandia con la política industrial y de seguridad estadounidense.

El transporte marítimo ártico también tiene implicaciones geoeconómicas relevantes para Estados Unidos. Si las rutas árticas se vuelven cada vez más viables, podrían reconfigurar gradualmente los patrones del comercio global, reducir costos de transporte y alterar la importancia relativa de los actuales puntos de estrangulamiento. Los puertos y las instalaciones costeras de Groenlandia podrían servir como centros logísticos para reabastecimiento, mantenimiento, búsqueda y rescate, y respuesta a emergencias. Incluso un desarrollo limitado en estas áreas tendría un impacto transformador en la economía groenlandesa, al tiempo que reforzaría la resiliencia y la seguridad del comercio ártico, un resultado coherente con los intereses comerciales y de seguridad de Estados Unidos.

Desde el punto de vista geoestratégico, la importancia de Groenlandia para Estados Unidos va mucho más allá de la economía. Su ubicación es crítica para la defensa de América del Norte. El control y monitoreo del espacio aéreo y de los accesos marítimos del Ártico son esenciales para los sistemas de alerta temprana, la defensa antimisiles balísticos y las operaciones espaciales. A medida que las armas hipersónicas, los misiles de largo alcance y las capacidades espaciales adquieren mayor protagonismo, la posición de alta latitud de Groenlandia proporciona profundidad estratégica y conocimiento situacional que difícilmente pueden ser replicados en otros lugares. En este sentido, Groenlandia no es periférica, sino central para la arquitectura emergente de disuasión estadounidense.

El cambio climático añade otra capa de complejidad estratégica. El deshielo amplía el acceso, pero también incrementa los riesgos: desastres ambientales, accidentes marítimos y disputas jurisdiccionales son cada vez más probables. Estos riesgos exigen capacidades sólidas de gobernanza, monitoreo y respuesta. El papel de Groenlandia en los foros de gobernanza ártica, incluido el Consejo Ártico, adquiere así una mayor relevancia. Aunque las tensiones geopolíticas —especialmente tras la invasión rusa de Ucrania— han debilitado la cooperación ártica, la necesidad de coordinación en materia de seguridad, protección ambiental y gestión de crisis sigue siendo urgente. Para Estados Unidos, un Ártico estable y cooperativo, anclado en aliados como Dinamarca y Groenlandia, es una necesidad estratégica.

Es fundamental subrayar que Groenlandia no es simplemente un objeto pasivo de la estrategia global. Conocida por su población indígena como Kalaallit Nunaat, Groenlandia ha ampliado progresivamente sus competencias de autogobierno y continúa debatiendo la posibilidad de una independencia plena. La Ruta de la Seda Ártica y el creciente valor estratégico de la isla intensifican estos debates. La inversión extranjera, la presencia militar y el desarrollo de recursos plantean preguntas fundamentales sobre soberanía, identidad y autonomía a largo plazo. Para Estados Unidos, respetar la agencia política groenlandesa al tiempo que protege sus intereses de seguridad constituye tanto un imperativo moral como estratégico.

El enfoque de Washington hacia Groenlandia refleja, por tanto, un cálculo estratégico más amplio. No se trata únicamente de contrarrestar a China o Rusia, sino de garantizar que el Ártico evolucione de manera coherente con los intereses y valores estadounidenses. Esto incluye apoyar un desarrollo sostenible, reforzar la cooperación entre aliados, invertir en investigación científica y mantener capacidades de defensa creíbles. Groenlandia ofrece a Estados Unidos una combinación poco común de ventaja geográfica, potencial de recursos y alineamiento institucional, activos cada vez más escasos en un orden global crecientemente disputado.

En conclusión, la creciente importancia de Groenlandia ilustra cómo el Ártico ha pasado de los márgenes al centro de los asuntos globales. La Ruta de la Seda Ártica simboliza una nueva geografía del poder moldeada por el cambio climático, la tecnología y la competencia estratégica. Desde el punto de vista geopolítico, Groenlandia ancla la seguridad del Atlántico Norte y la cohesión de las alianzas occidentales. En términos geoeconómicos, ofrece acceso a minerales críticos y a rutas comerciales emergentes. Desde una perspectiva geoestratégica, es indispensable para la defensa, el espacio y la arquitectura de disuasión de Estados Unidos. Para Washington, Groenlandia no es un territorio distante, sino un pilar estratégico cuya relevancia será decisiva para el equilibrio de poder en el Ártico y más allá en las próximas décadas.

Sobre el autor
Julio E. Diaz Sosa

Julio E. Diaz Sosa

Es licenciado en Economía y Finanzas por el Rochester Institute of Technology. Posee una
maestría en Economía Aplicada, con especialidad en Mercados Financieros, por la Universidad
Johns Hopkins; así como una Maestría en Administración de Empresas (MBA), con
concentración en Finanzas, por la Universidad de Maryland en College Park. Además, cuenta
con una certificación en Ciencia de Datos por la Universidad George Washington.


Ha trabajado como economista en el Departamento de Estadísticas del Banco Mundial, donde
estuvo a cargo del manejo de las cuentas nacionales de los países de América Latina y el
Caribe. También se desempeñó como científico senior de datos en el área de servicios
financieros para la firma de consultoría Gartner.


Actualmente, se desempeña como representante de la República Dominicana ante el Banco
Mundial.


Es autor de los libros Notas Económicas con Julio Díaz (2016), Actualidad Geopolítica y
Económica: Retrospectiva cronológica (2020) y Geoeconomía, Geopolítica y Política RD
(2025).

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