Guardianes de la verdad Opinión
Teresa Mártez

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En el país, acudir a un hospital o clínica se ha convertido, para muchos, en una experiencia marcada más por la transacción que por la atención. Cada día, más ciudadanos sienten que ya no son tratados como pacientes, sino como clientes atrapados en un sistema que ha perdido de vista lo más importante: la humanidad y la empatía.

Las consultas médicas duran apenas unos minutos; tiempo insuficiente para escuchar, entender y orientar de manera integral a quien busca ayuda. En el sector privado, la situación es aún más evidente: se cobra por todo, desde la primera consulta hasta la lectura de unos análisis, como si la salud se midiera únicamente en términos de facturación.

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Se asume que el paciente “debe tener” porque gasta en otras cosas que parecieran fútiles, se le dice lo que tiene que hacer, pero no cómo hacerlo ni cómo enfrentar su enfermedad en lo cotidiano.

Se olvida que detrás de cada diagnóstico hay una persona, muchas veces sin los recursos suficientes para moverse de un centro donde no es bien tratada hacia otro dónde quizás reciba más empatía.

El miedo, además, paraliza: temor a perder un médico de referencia, a no ser atendido en otro lugar, a que la puerta se cierre si reclama un trato digno.

La situación se agrava cuando el paciente descubre que ni siquiera su historia clínica le pertenece. Sus datos, sus análisis, su evolución están a discreción del médico o del centro de salud, en lugar de ser reconocidos como parte de su identidad y derecho fundamental.

Es justo reconocer que no todos los profesionales de la salud actúan de esta manera.

Existen médicos y centros que hacen la diferencia, que acompañan con humanidad y respeto.

Sin embargo, el panorama general revela una urgencia: rescatar el sentido de la atención médica centrada en el paciente como un acto de servicio humano, no como una simple transacción comercial.

Los pacientes no pueden seguir siendo tratados como clientes.

La salud no se compra, se cuida.

Y cuidar implica empatía, tiempo, respeto y, sobre todo, dignidad.

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Teresa Mártez

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