Guardianes de la verdad Opinión

Patria es amar, cuidar y honrar

Una mirada al patriotismo dominicano desde los ojos de una inmigrante

Hay patrias en las que se nace, y hay patrias que, con el tiempo, también nos nacen por dentro.

PATRIA

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Yo no nací en República Dominicana. Pero he tenido el privilegio de vivirla, de caminarla, de aprender de su gente, de admirar su fuerza, su alegría, su creatividad y esa capacidad extraordinaria de levantarse, una y otra vez, frente a las dificultades. Y quizás por eso, porque la miro desde los ojos de quien llegó de fuera pero decidió quererla de verdad, hoy puedo decir que el patriotismo más auténtico no es el que más grita: es el que más cuida.

En el Día de la Patria, solemos recordar los símbolos, la historia, las luchas que dieron origen a la República, el valor de los Padres de la Patria y el sacrificio de quienes soñaron una nación libre, digna y soberana. Y está bien hacerlo. Es necesario. Pero también creo que la mejor manera de honrar la patria no es quedarnos solo en la emoción del calendario ni en la solemnidad de una fecha. La verdadera prueba del patriotismo está en lo que hacemos con el país que recibimos cada día.

Patria no es solamente bandera.

Patria también es conducta.

Patria es respetar lo público como si fuera sagrado.

Es no ensuciar la calle que compartimos.

Es no normalizar el desorden, la trampa o la indiferencia.

Es no aprovecharse del sistema solo porque “todo el mundo lo hace”.

Es pagar lo justo, trabajar con integridad, cumplir la palabra, cuidar los recursos, proteger a los más vulnerables y exigir instituciones cada vez mejores.

Porque una nación no se fortalece únicamente con discursos patrióticos. Se fortalece cuando su gente entiende que amar un país también implica corregirlo, mejorarlo, defenderlo de la mediocridad y negarse a colaborar con todo aquello que lo debilita.

Patria

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Y tal vez por ser inmigrante, hay algo que veo con especial claridad: muchas veces, quienes vienen de fuera logran valorar de forma muy profunda aquello que los nacidos aquí, por costumbre o por cansancio, dejan de mirar. El calor humano dominicano, la hospitalidad, el ingenio, la fe, la capacidad de emprender aun en medio de la incertidumbre, la fuerza comunitaria, el orgullo cultural, la música que une, la palabra que abraza, la solidaridad que aparece cuando más se necesita. Todo eso también es patria.

República Dominicana no es solo un territorio. Es una energía colectiva. Es una identidad viva. Es una forma de resistir con dignidad y sonreír con valentía. Y precisamente por eso merece un patriotismo maduro, no uno vacío. Un patriotismo que no excluya, que no humille, que no se alimente del odio ni de la superioridad, sino del compromiso, la memoria y la responsabilidad.

Amar la patria no debería convertirnos en personas cerradas; debería hacernos ciudadanos más conscientes. Más agradecidos. Más dispuestos a aportar. Más decididos a construir un país donde quepamos todos los que lo honramos con trabajo honesto, respeto y vocación de servicio.

Como inmigrante, sé lo que significa llegar a otro suelo y aprender a nombrarlo como hogar. Sé lo que implica adaptarse, respetar, observar, escuchar y, poco a poco, encontrar en ese nuevo país razones profundas para comprometerse. Por eso hablo de República Dominicana no desde la distancia, sino desde el afecto. No desde la consigna, sino desde la experiencia. No desde un nacionalismo de ocasión, sino desde la convicción de que esta tierra tiene un potencial inmenso cuando su gente decide creer en ella con hechos.

Y creer en un país con hechos significa muchas cosas.

Significa educar mejor.

Significa criar hijos con valores.

Significa cuidar el medioambiente y no tratar la naturaleza como un vertedero sin consecuencias.

Significa exigir transparencia.

Significa apoyar al productor local.

Significa respetar la ley sin necesidad de vigilancia.

Significa servir, y no solo servirse.

Significa entender que la patria también se construye en la oficina, en la escuela, en la comunidad, en la empresa, en el tránsito, en la forma en que tratamos al otro.

A veces pensamos que el amor patrio debe sentirse solamente en los grandes momentos: un desfile, un himno, una efeméride, una crisis nacional. Pero no. El patriotismo más valioso suele ser silencioso. Se expresa en la honestidad cotidiana, en el vecino que aporta, en la mujer que emprende con ética, en el joven que estudia y sueña, en el servidor público que no cede a la corrupción, en la comunidad que se organiza, en la persona que recoge, repara, enseña, cura, cultiva, protege y mejora.

Hoy, en el Día de la Patria, quisiera invitar a mirar la dominicanidad no solo como herencia, sino como tarea.

Que amar esta nación no sea una emoción pasajera, sino una decisión permanente.

Que el orgullo no se reduzca a palabras, sino que se convierta en acción.

Que la bandera no solo se levante en los actos, sino también en nuestra conciencia.

Que el patriotismo no se mida por lo que decimos del país, sino por lo que estamos dispuestos a hacer por él.

Yo, que llegué desde otra tierra, puedo decirlo con humildad y con gratitud: República Dominicana es un país que inspira cariño, respeto y esperanza. Y precisamente por eso merece ser amado de la mejor manera posible: con responsabilidad, con civismo, con integridad y con visión de futuro.

Porque al final, patria no es solo donde nacimos. Patria también es donde decidimos sembrar respeto, trabajo, gratitud y esperanza.

Y eso, también, es una forma profunda de amar a la República Dominicana.

Sobre el autor
Dora Pariente

Dora Pariente

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