Guardianes de la verdad Opinión

Cultura de la envidia

Tener paciencia ante la mezquindad y resentimiento político

Esta sociedad, atrapada en demasiadas mediocridades políticas, ha perdido la capacidad de reconocer los avances de quienes se esfuerzan por superarse.

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Al leer el artículo del doctor Guido Gómez Mazara, titulado “¡Paciencia!”, publicado en el periódico “Hoy” (03/03/2026), me motivé a escribir estas líneas. No es la primera vez que abordo este tema; he reflexionado en términos similares en distintos medios escritos y digitales. Y debo decirlo sin rodeos: Guido tiene razón.

Ser mezquino es una actitud o forma de actuar caracterizada por la pequeñez de espíritu, la falta de generosidad y, muchas veces, la mala intención hacia los demás. Es actuar con egoísmo, pensando únicamente en el propio beneficio; es mostrar resentimiento o envidia, minimizando o desvalorizando a otros. En esencia, es tener una visión limitada, incapaz de actuar con grandeza o nobleza.

El resentimiento, por su parte, es una emoción persistente que surge de agravios reales o imaginados, y que se transforma en una actitud negativa hacia los demás. Es una carga emocional que no se supera, sino que se alimenta con el tiempo, generando frustración, amargura y, en muchos casos, deseos de desquite.

Quien vive desde el resentimiento no evalúa con objetividad, sino desde la herida; no reconoce méritos, sino que los cuestiona; no construye, sino que reacciona. En el fondo, el resentimiento es la incapacidad de aceptar que otros avancen cuando se siente que uno ha quedado atrás.

Esta sociedad, atrapada en demasiadas mediocridades políticas, ha perdido la capacidad de reconocer los avances de quienes se esfuerzan por superarse. El resentimiento social impide valorar el éxito ajeno, incluso cuando este ha sido alcanzado mediante trabajo, sacrificio y apego a principios éticos y morales.

Quienes actúan desde esa lógica no solo carecen de generosidad, sino también de grandeza de carácter. Les resulta imposible reconocer el mérito de otros porque viven condicionados por una visión estrecha, incapaz de elevarse por encima de la envidia. Prefieren descalificar antes que construir, atacar antes que emular.

En ese terreno fértil para la mezquindad, el éxito ajeno se convierte en una ofensa personal. Y así, lo que debería ser motivo de inspiración se transforma en detonante de frustración. Ese es el verdadero drama del resentimiento político: no busca corregir, sino disminuir; no aspira a mejorar, sino a igualar hacia abajo.

En la política, la mezquindad no es un defecto menor: es una estrategia. Se manifiesta en la incapacidad de reconocer aciertos del adversario, en la obsesión por destruir reputaciones y en la práctica sistemática de sembrar dudas para sustituir el debate de ideas. Quien no puede exhibir resultados, recurre al ruido; quien carece de propuestas, se especializa en el descrédito.

Así se degrada la vida pública: se premia la intriga sobre el mérito, la descalificación sobre la argumentación. Y lo más grave es que esta conducta no solo empobrece el liderazgo, sino que contamina a la ciudadanía, normalizando una cultura donde el éxito ajeno se percibe como amenaza y no como referencia.

La historia es implacable con los mezquinos: los expone, los reduce y finalmente los olvida. Porque mientras ellos se consumen en la pequeña tarea de obstaculizar, otros avanzan, construyen y dejan huella.

La paciencia, como bien ha dicho Guido Gómez, no es resignación: es inteligencia en acción. Es entender que el tiempo no premia el ruido, sino la consistencia; no eleva al que intriga, sino al que persevera. Al final, todo cae por su propio peso: la mezquindad se desnuda y la integridad prevalece. Y cuando ese momento llega —porque siempre llega—, no hay discurso que la oculte ni poder que la sostenga. 

Sobre el autor
Luis Ma. Ruiz Pou

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