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Donald Trump

Cuando las reglas dejan de mandar: el regreso del poder desnudo

El Tratado de Westfalia, firmado el 24 de octubre de 1648, puso fin a la Guerra de los Treinta Años en Alemania y a la Guerra de los Ochenta Años entre España y los Países Bajos.

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Ahora que Donald Trump reconoce sin ningún rubor que no necesita el derecho internacional y que su poder como comandante en jefe estaría limitado únicamente por su “propia moralidad” y su criterio personal —y no por tratados, normas o leyes internacionales—, Westfalia (1648) y Viena (1815) vuelven a ser referencias claves para comprender qué tipo de mundo emerge cuando las reglas se erosionan.

El Tratado de Westfalia, firmado el 24 de octubre de 1648, puso fin a la Guerra de los Treinta Años en Alemania y a la Guerra de los Ochenta Años entre España y los Países Bajos. De manera ampliamente reconocida, este tratado marca el nacimiento del sistema internacional moderno, sustentado en tres pilares esenciales: 1) soberanía nacional, según la cual cada Estado ejerce autoridad suprema dentro de sus fronteras; 2) integridad territorial, entendida como el derecho de todo Estado a preservar intacto su territorio frente a intervenciones externas; y 3) igualdad jurídica entre Estados, aunque no igualdad material de poder.

Henry Kissinger, en su obra La Diplomacia, subraya que Westfalia no es un simple episodio histórico, sino el punto de partida del sistema internacional tal como lo conocemos. Antes de 1648, la política europea estaba dominada por autoridades universales —el Papa y el Emperador— y por conflictos de naturaleza religiosa. Westfalia introduce un principio radicalmente nuevo: ninguna autoridad está por encima del Estado soberano.

En síntesis, el Tratado de Westfalia dio lugar a un orden basado en la coexistencia de soberanías en un mundo sin autoridad superior. En ese contexto, cuando Estados Unidos —principal arquitecto del orden liberal de posguerra— deja de respetar normas, tratados y organismos multilaterales, el sistema internacional no colapsa automáticamente hacia el caos, sino que retrocede hacia un escenario preinstitucional, caracterizado por tres rasgos fundamentales: 1) la fuerza adquiere primacía sobre la norma; 2) las alianzas se vuelven instrumentales; y 3) la soberanía adopta un carácter defensivo y desconfiado.

Ese mundo no es nuevo: es el mundo de 1648.

Tras la derrota de Napoleón Bonaparte, el Congreso de Viena (1814–1815) estableció un sistema internacional distinto, sustentado en el equilibrio de poder, la legitimidad de las grandes potencias y la gestión política del orden, más que en un derecho internacional fuerte y universal. Las reglas existían, pero solo eran válidas mientras las potencias dominantes las aceptaran. Cuando dejaban de convenir, se ajustaban o se ignoraban. Este es el punto crucial para el presente: Viena demuestra que el orden puede existir sin un derecho internacional robusto, pero a costa de la subordinación de los Estados pequeños.

El orden internacional construido bajo el liderazgo estadounidense tras la Segunda Guerra Mundial intentó superar tanto a Westfalia como a Viena. Para ello introdujo, primeramente, el derecho internacional vinculante, es decir, normas y tratados con fuerza legal obligatoria. En segundo lugar, impulsó el multilateralismo, entendido como la cooperación coordinada entre varios Estados para enfrentar desafíos globales y establecer normas comunes.

En tercer lugar, se crearon instituciones como las Naciones Unidas, la Organización Mundial del Comercio y el Fondo Monetario Internacional, con el propósito de preservar la paz, regular el comercio y garantizar la estabilidad del sistema financiero internacional. Finalmente, se establecieron límites normativos al uso del poder, buscando prevenir abusos y someter la acción estatal a reglas y contrapesos.

Todo lo anterior conduce a una conclusión clara: cuando Trump desprecia tratados, ignora fallos, instrumentaliza sanciones y amenaza o actúa sin base jurídica, no está inaugurando una nueva era, está desmantelando el andamiaje construido después de 1945 y empujando al sistema internacional de regreso a dos lógicas conocidas: 1) Westfalia, entendida como soberanía sin garantías; y 2) Viena, como orden administrado por grandes potencias.

En ese mundo, la ley deja de proteger a los más débiles, la previsibilidad desaparece y la política exterior se transforma en gestión del riesgo, no en aplicación de normas.

La lección central de por qué Westfalia y Viena importan hoy, especialmente para países como la República Dominicana, es tan incómoda como ineludible: el derecho internacional solo existe mientras las grandes potencias creen en él. Cuando dejan de hacerlo, los Estados pequeños pierden su escudo jurídico, la diplomacia se vuelve prudencial, estratégica y defensiva, y la supervivencia depende cada vez más de equilibrios, diversificación y autonomía relativa.

Sobre el autor
Juan Temístocles Montás

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