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Basura

La Semana Santa nos muestra la extraña manera del dominicano amar a su país

Es una pena, pero es cierto: no importa dónde estés en este país. La basura te persigue.

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Hay algo profundamente contradictorio en el alma dominicana. Nos levantamos cantando el himno con el pecho inflado, defendemos nuestra bandera ante cualquier extranjero que ose criticarla, y somos capaces de pelearnos por el plátano del mangú o por quién tiene la mejor bachata. Pero luego bajamos a la playa.

Y ahí ocurre el desencanto.

Porque caminar por las costas de República Dominicana es también caminar sobre un basurero a cielo abierto. Plásticos, fundas, calimetes’, envases de refresco, colillas de cigarro y -cómo no- foam. Ese material blanco y maleable que se rompe en mil pedazos y flota en el agua como si tuviera vida propia. El foam que, por ley, supuestamente está prohibido. Pero ahí lo vemos: en los supermercados empacando carnes, en los colmados, los pica pollos, las fondas, etc. y tristemente en las playas convertido en migajas invisibles que terminan dentro de los peces y, luego, dentro de nosotros.

Y después está el cuento de las fundas plásticas. Hace tiempo que se habló de eliminarlas. Algunos supermercados y tiendas dieron el paso: las retiraron, pusieron alternativas reutilizables o cobraron por las que ofrecían. ¿Y qué pasó? Siguieron ahí. Sus ventas no se desplomaron. La gente siguió comprando, llenando sus carritos, llevando sus víveres, cereales, panes o productos del hogar en cajas o en sus propias bolsas. Es decir, sí se puede. La experiencia está, el ejemplo está. Pero la mayoría de los grandes supermercados y cadenas siguen repartiendo fundas plásticas como si el país no se estuviera ahogando en ellas. Porque no hay presión real y el Ministerio de Medio Ambiente desconoce que su rol no es estar de simpático ante la creciente fábrica de desechos que cada ser humano significa para el planeta.

Lo más triste es que no nos damos cuenta -o no queremos verlo- mientras lo estamos haciendo. Organizamos el paseo familiar con esmero: compramos las bebidas bien frías, las picaderas en sus funditas, los platos desechables, las servilletas de colores. Llegamos, comemos, bebemos, nos reímos, tomamos fotos para Instagram con el mar de fondo… y cuando nos vamos, dejamos todo ahí. Como si la playa tuviera un servicio de limpieza mágico que no existe.

Y claro, dirán que es la falta educación. Y es verdad. Pero la educación sola no basta cuando no hay consecuencias. ¿Dónde están los cuidadores de playa que revisen las neveritas? ¿Dónde está la autoridad municipal que ponga una zona de merienda y diga: “Señor o señora, recoja su basura o no vuelva"? No hay nadie. El que ensucia sigue ensuciando porque sabe que no le pasará nada.

Peor aún: la ley de residuos sólidos que se refiere a la responsabilidad extendida del fabricante -esa que obligaría a las empresas de bebidas a hacerse cargo de sus envases plásticos- se queda en un papel mojado. Las embotelladoras siguen produciendo millones de botellas de un solo uso y el problema no es suyo, es nuestro: del ciudadano que tira, del ayuntamiento que no recoge bien y no tenemos claro qué hace con los desechos o el reciclaje, y del Estado que no exige.

Y mientras tanto, las colillas de cigarro se multiplican en la arena. Los hoteles todo incluido, esos gigantes que venden paraísos tampoco vigilan a sus huéspedes. Nadie pone un cenicero en la playa privada de uso obligatorio. Nadie multa. Nadie cuida.

Es una pena, pero es cierto: no importa dónde estés en este país. La basura te persigue. En el malecón, en el río, en la montaña, por las carreteras, en la calle frente a tu casa. Amamos a República Dominicana con una intensidad irracional, pero la tratamos como si no nos importara. Y eso, honestamente, es la forma más extraña y dolorosa de querer.

Porque el orgullo sin acciones no es amor. Es nostalgia anticipada de lo que algún día dejaremos de tener.

Sobre el autor
Claudia Rita Abreu

Claudia Rita Abreu

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