Política
Simpatías maquilladas
Lo trágico reside en que exponentes generacionalmente distantes de la vieja política subestiman la inteligencia popular y pretenden conquistar adhesión mediante engaños y dispositivos de inducción.

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Los niveles de penetración del mensaje político encontraron múltiples vías para la manipulación. Y en ese sentido, se activan toda clase de circuitos decididos a inducir al ciudadano a caer en la trampa de criterios y “verdades” maquilladas por la fuerza del interés que paga.
Así, salvo reconocidas excepciones, se navega en un mundo de falsedades sin ningún tipo de rigurosidad que terminan dinamitando la credibilidad de un instrumento de innegable validez académica: las encuestas.
Como en los mercados persas, en la esfera pública dominicana se vende todo. Y los niveles de ridiculez alcanzan categorías olímpicas porque un prestador de nombre decide rentabilizarse utilizando aritméticas insostenibles, rebotadas en periódicos, redes y voceros radiales, siempre dispuestos a jugar un rol y la paga correspondiente.
La jurisprudencia resulta ilustrativa: ¿acaso Leonel Fernández, Hipólito Mejía, Danilo Medina y Luís Abinader, 30 meses antes de las elecciones, tenían la certeza de conseguir el favor popular y alcanzar la presidencia del país?
Lo invisible cae en el territorio de la rentabilidad. Hace años, toda una industria se mueve alrededor de aspiraciones y aspirantes, dándole cancha al club de filibusteros que medran alrededor del activismo partidario y caen en la dinámica surrealista de aceptar los hilos de mentiras e incongruencias, verificables con bastante facilidad para quien lo deseara.
Pero no, lo que importa es el negocio y sus beneficiarios.
Lo trágico reside en que exponentes generacionalmente distantes de la vieja política subestiman la inteligencia popular y pretenden conquistar adhesión mediante engaños y dispositivos de inducción.
De ahí, el interés de posicionamientos sin ninguna relación con requisitos formativos ni un auténtico dominio de los temas esenciales de la nación, pero orquestados desde la perspectiva simplista de la encuesta como instrumento de posicionamiento en el subconsciente de los ciudadanos.
Sin poner la debida atención, estamos confundiendo espectáculo con destrezas indispensables para el desempeño público, y en la medida que distorsionamos ese fenómeno, abrimos las compuertas al deterioro democrático y a una desafortunada ausencia de exponentes con verdadero sentido del compromiso por los cambios deseados.
Maquillar simpatías e instrumentalizar el sentido de las aspiraciones, lo único que provoca es la apuesta a la desilusión de los electores.