Guardianes de la verdad Opinión

Han Kang

La vegetariana y la radicalidad del “no”

Lo que La vegetariana nos muestra es que la violencia no siempre grita, sino que muchas veces se organiza en gestos cotidianos.

No necesariamente hacer una dieta vegetariana nos hará bajar de peso (Getty)

No necesariamente hacer una dieta vegetariana nos hará bajar de peso (Getty)

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Dejar de comer carne podría parecer, en principio, un gesto personal e íntimo, pero en La vegetariana, ese gesto se convierte en un detonante que desestabiliza todo un sistema de relaciones, expectativas y violencias naturalizadas.

Han Kang, a través del hilo conductor de esa negativa persistente a comer carne, escribe una historia sobre el control. Sobre el cuerpo como territorio en disputa.

Yeonghye no explica su decisión ni la convierte en manifiesto. Simplemente deja de comer carne después de un sueño. Ese silencio, que podría leerse como fragilidad o irracionalidad, es, en realidad, lo que incomoda.

Y es que el sistema espera que las mujeres se justifiquen, que argumenten, que traduzcan sus límites en un lenguaje comprensible para otros. Cuando eso no ocurre, la respuesta es disciplinaria, y se traduce, en el libro, en un padre que la obliga a comer, su esposo que la reduce a una extravagancia, la familia que interpreta su decisión como una amenaza al orden.

El punto aquí no está en el cambio de dieta, sino en la negativa. En el derecho radical a sustraerse. El cuerpo de Yeonghye deja de ser funcional. Ya no sirve al deseo conyugal, ni al ritual familiar, ni a la lógica de consumo. Y ese “no servir” se vuelve intolerable, porque es profundamente perturbador cuando una mujer deja de responder a las expectativas y no ofrece una explicación que tranquilice.

Aunque no se menciona de forma explícita, en las páginas del libro resuena una idea central del pensamiento contemporáneo: el cuerpo de las mujeres ha sido históricamente administrado, interpretado y corregido. Desde Simone de Beauvoir hasta Judith Butler, vuelve la misma inquietud: ¿quién decide sobre ese cuerpo? ¿quién define sus límites, su uso, su sentido?

En la novela, cada intento de “corregir” a Yeonghye es, en realidad, un intento de restaurar el orden simbólico. Su esposo la describe como un cuerpo neutro, conveniente, hasta que deja de serlo. La hermana, Inhye, encarna otra forma de violencia: la adaptación. Sobrevive cumpliendo, sosteniendo, absorbiendo. No se rebela, pero paga el costo de esa aparente estabilidad.

Lo que La vegetariana nos muestra es que la violencia no siempre grita, sino que muchas veces se organiza en gestos cotidianos. No hace falta el golpe cuando el control ya está internalizado, cuando el mandato se ejecuta desde dentro.

Hay también una dimensión en la forma en que el deseo atraviesa la historia. El cuñado que erotiza la diferencia de Yeonghye no la libera; la reconfigura como objeto. Cambia el tipo de mirada, pero no su lógica. Incluso la aparente admiración puede ser otra forma de apropiación.

Leer esta novela implica no forzarla a encajar en una tesis, sino reconocer cómo desarma certezas. No hay heroísmo en Yeonghye, ni un arco narrativo de emancipación reconocible. Hay algo más difícil de procesar: una retirada que no busca ser comprendida. Y eso, en un mundo que exige que todo encaje en categorías reconocibles resulta prácticamente insoportable.

Tal vez por eso la novela es tan inquietante e incomprendida. Porque plantea cuestiones que aún no terminan de resolverse: ¿qué ocurre cuando una mujer deja de participar, aunque sea mínimamente, en las reglas que la sostienen y la oprimen al mismo tiempo?

No hay respuesta cierta ni paliativa. Solo queda la evidencia de que incluso los gestos más silenciosos pueden poner en crisis todo un orden. Y que, a veces, resistir no es gritar ni confrontar. Es, simplemente, negarse.

Sobre el autor
Radhive Pérez

Radhive Pérez

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