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Dilemas de una Dominican York
Traté de argumentar, pero era cierto. No había lugar entre las begonias, los ginger, la Sangre de Cristo, las Campanas y la mata de cereza, para matas de maíz y caña

Dilemas de una Dominican York
Descubrí los limites espaciales de mi mundo cuando era aun muy pequeña. Una, dos, tres, cinco calles verticales hasta llegar a la calle principal, calle El Sol, con sus vitrinas soleadas e inaccesibles. Seis calles horizontales , una más arriba, colindando con la barranca, cinco más abajo, casi chocando con el muro marrón y gris de la fortaleza.
Descubrí también los límites de la casa de mi abuela, la cual se extendía como un gusano largo y flaco, devorando poco a poco todo lo verde. Cada uno, como las abejas, tenía su cubículo. Por suerte descubrí que debajo de la cama había espacio. Era alta y de hierro y si se rodaba un chin para alante, entraba la luz de las persianas. Allí monté mi propia casa y ordené mis muebles, de esos que hacía Luis Marmita y que mi abuela le compraba porque “le daba pena”. Mueblecitos baratos de Navidad de pueblo. Imitación chiquita y triste del modernismo mobiliario americano.
Allí también ponía mis muñecas y el jueguito de tazas que me regaló doña Estela el Día de Reyes. Solo Loby desordenaba el orden perfecto de mis cosas, porque también había calculado el espacio para que la escoba lo respetara. Ese era mi mundo de muñecas, como dice una canción por ahí, creo que mexicana, o un programa para niños que vi en Miami.
Había descubierto también los límites del patio. Una vez quise sembrar maíz y caña, siguiendo mis impulsos agrícolas. Mi abuela me paralizó con una pregunta: ¿No ves que no hay espacio?
Traté de argumentar, pero era cierto. No había lugar entre las begonias, los ginger, la Sangre de Cristo, las Campanas y la mata de cereza, para matas de maíz y caña. Ahí confirmé que no es puede ser agricultor sin tierra.
!Nos quedaba Canaima! No la de Rómulo Gallegos (en ese entonces no sabíamos que existían otras, ni nos habían asignado ese libro en la escuela), sino nuestra Canaima, la barranca. Ahí sí que había lugares por descubrir, “minas” les decíamos. “Tenemos una minista por ahí” y era la gran cosa. Alguno como, Colón, había descubierto un lugar y declarado suyo ante los demás, no sé si por incipientes tendencias a la propiedad privada, o porque era la única forma de asegurarse un espacio en este mundo propiedad de otros.
!Abuela, déjeme ir a Canaima!
!Eso no es para niñas!
Pero, por favor, !abuela!
!Ya dije que no!
Pero, !Abuela!
¿A quién saldrías tú tan marimacho?
Los sábados fueron siempre sinónimo de envidiosa espera. Y luego llegaban el atardecer y los muchachos, llenos de peces y de monte, llenos de historias y aventuras. Hablaban de culebras y de espíritus. de jaibas y caminitos encontrados. Hablaban de nubes con formas raras. Hablaban de pájaros. Pájaros varones me imagino, me imaginaba.
Todo el universo parecía entonces masculino. Los varones podían ir de pesca. Los varones podían quedarse jugando en la calle hasta las once, nosotras solo hasta las nueve. Los varones podían tener amigos de toda clase, aunque no siempre de todas las clases. Los varones podían jugar a la pelota y las bellugas. Los varones podían decir malas palabras y hablar de cosas prohibidas. Siempre los veía de noche en las esquinas, bajo los postes de luz, haciendo cuentos y chistes. Hablaban de burras e imagino que también de mujeres.
“Siempre hago las cosas mal. Tú debiste parecerte a Juan y Antonia a Luis”…
Pero, !mamá!
“Pero, nada. ¿Tú te imaginas con los ojos verdes de Juan y blanca? ¿Y Antonia con los ojos azules de Luis y sus rizos dorados? !Hubiera sido un palo!”…
Pero, !mamá!…
“!Tener que salir a tu padre! No que yo no lo amara como era, que te quede eso muy claro, pero los varones debieron salir a él y tú y Antonia a mi”…
“Your passaport”…
Aquí esta.
What is this business of india clara?
That is my color sir. In Santo Domingo we are classified by skin color. I am india clara, that means “loght indian”…
Indian iis not a color…
Pero…
No buts. Look. I do not have time for this kind of nonsense”…
Y, de hecho, nadie parecía tener tiempo para explicarme esta “kind of nonsense”, que con tanto trabajo había tenido que internalizar a fuerza de desrizados y de crema Perlina para “blanquear la piel”; para “mejorar la raza”, porque ya, por una terrible equivocación genética, mi hermana y yo habíamos salido “indias claras” como mi padre, que realmente no era indio sino jabao, es decir, blanco, más bien rojizo, pero con el pelo “malo”.
Pero, !es que en Santo Domingo no quedan indios!, me decían azorados mis amigos “indios” de Centro y Suramérica. ¿Y los negros?
!Ah!
Todo se complicó en Nueva York cuando nos mudamos a un barrio donde había “morenos” (afroamericanos) que se parecían a nosotras.
Muy pronto, en Queens, Lady Macbeth, la mejor amiga de esa dueña de casas de muñecas que era Madame Ibsen, es decir yo, comenzó a hacer pedazos mis paradigmas. Pase así de la Vida y Obra de los Santos y, de los místicos Jacques Raisa Mariain, Theilard de Chardin y Gabriel Marcel, a Sartre. Y ya cuando estaba a punto de creer que la existencia era un absurdo indigno de mantenerse, apareció Camilo Torres con una simbiosis de cristianismo y socialismo, que nos permitió no suicidarnos a los veinte años, por una pérdida absoluta de razón de ser.
De Camilo pasé al estudio del joven Marx, que se enseñaba en la universidad con las consecuentes descalificaciones del eclecticismo ideológico norteamericano. De Marx a los escritos de Ernesto Guevara y de ahí a los estudios ya más serios de “El Capital”, Engels, Hegels, Fromm, Weber, Marcuse, Gunther Frank, Paulo Freire y otros visionarios de la restructuracion social.
Este tránsito de los dilemas de Dominicanyork a la conciencia, se transformó en obstinada testarudez contra el racismo de las universidades estadounidenses y se articuló con mis hermanos y hermanas de las islas del Caribe inglés, francés, holandés, frente al sexismo de una sociedad donde ser mujer latina e inteligente era una mala palabra.
Frantz Fanon, Marcus Garvey, CLR ames y Amílcar Cabral me harían buscar en África los eslabones perdidos de mi identidad y la de toda una generación que (como yo) nunca vio en el “indio claro”, el desrizado o las cremas blanqueantes, evidencias del racismo soterrado y trasmitido de generacion en generacion que existe en Republica Dominicana.
Hija de una cultura, que, como decía Gertrudis Gómez de Avellaneda, “ni nos aprisiona ni nos deja libres”, como mulata y como caribeña, de una media isla donde El Caribe se limita a Cuba, Puerto Rico y nosotros, y el español no es un puente sino un muro; Resumida en estigma local de ser una dominicanyork, me pregunto:
¿Y ahora?
¿Retornaremos al Muro de Pink Floyd?