Frank Moya Pons: una vida para la historia

PONS
Entre sus múltiples contribuciones académicas, destaca su rol como director de investigaciones en el Instituto de Estudios Dominicanos del City College de Nueva York, responsabilidad que supo conjugar con labores de investigación en el Fondo para el Financiamiento de la Microempresa en Santo Domingo. Esta doble vertiente —académica y aplicada— consolidó un perfil poco común en nuestras latitudes: el del historiador que no solo produce conocimiento, sino que lo pone al servicio de una ciudadanía crítica.
Enseñar a «pensar históricamente» es, sin duda, uno de sus legados más duraderos. Y ello no se limitó a la transmisión de datos, sino que implicó fomentar la capacidad de leer entre líneas, cuestionar las narrativas dominantes y comprender los conflictos del presente como expresión de estructuras heredadas.
La obra de Frank Moya Pons representa una inflexión decisiva frente a la historiografía decimonónica y nacionalista, caracterizada por relatos épicos y fundacionales. En contraste con esa tradición, su propuesta historiográfica se orientó hacia un enfoque crítico y analítico, en el que los procesos económicos, las estructuras coloniales, las dinámicas sociales y las interconexiones regionales con el Caribe y América Latina adquirieron centralidad explicativa. Esta perspectiva le permitió insertar la historia dominicana en los grandes debates de la historiografía latinoamericana, en diálogo con corrientes marxistas, teorías de la modernización y enfoques del sistema-mundo. En sus textos, la historia deja de concebirse como una sucesión de hechos aislados para convertirse en una herramienta interpretativa de largo alcance, donde los fenómenos económicos, sociales y políticos son abordados desde una lógica estructural y relacional.
Así, Moya Pons no se limita a narrar el devenir dominicano, sino que lo sitúa en el entramado atlántico, esclavista y postcolonial del hemisferio, desbordando los marcos nacionalistas que durante décadas condicionaron la disciplina en el país.
Se trata de un historiador de talla mayor que se ha consolidado como una figura de referencia en el campo historiográfico dominicano y latinoamericano, no solo por la amplitud temática de su obra, sino por la densidad metodológica, ética y narrativa que la sustenta. Su trayectoria encarna las cualidades que pensadores como Marc Bloch (1886–1944) y Hayden White (1928–2018) han atribuido a los grandes historiadores: rigor analítico, conciencia crítica, sensibilidad discursiva y compromiso con la verdad histórica. Una de las marcas distintivas de Moya Pons es, precisamente, su rigurosidad metodológica, evidenciada en el tratamiento sistemático de fuentes primarias, el uso de métodos cuantitativos y la incorporación de enfoques estructurales.
Su formación, enriquecida por su paso por la Universidad de Columbia (década de 1970) y por la influencia del historiador Herbert Klein (activo desde los años 1960), lo vinculó con las corrientes de la historia económica y social latinoamericana, especialmente aquellas influenciadas por los estudios de dependencia y desarrollo. Desde allí, introdujo en la historiografía dominicana una mirada que desborda la narrativa tradicional centrada en héroes, presidentes o acontecimientos políticos aislados, para situar el devenir nacional en marcos analíticos más complejos. Su obra revela también una conciencia crítica que lo ha llevado a cuestionar los paradigmas historiográficos heredados, renovar los métodos de interpretación y abrir espacio para nuevas preguntas sobre la memoria, la identidad y el poder. En este sentido, su pensamiento dialoga con las corrientes posmodernas y estructuralistas, sin perder el anclaje empírico ni la vocación pedagógica que lo caracteriza.
La multidisciplinariedad es otra constante en su producción: historia, economía, sociología y filosofía se entrelazan en sus textos, permitiéndole abordar los procesos históricos desde múltiples dimensiones. Esta amplitud se evidencia en una obra prolífica, reconocida por superar los treinta volúmenes centrados en la historia dominicana y del Caribe, según recuentos especializados y otros tantos sobre economía nacional, y cientos de artículos publicados en revistas especializadas y medios culturales. Su capacidad para combinar erudición con claridad expositiva lo ha convertido en un autor accesible sin sacrificar profundidad, cumpliendo así con el ideal de historiador pedagogo que Peter Burke y Carlo Ginzburg han reivindicado.
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La proyección internacional de Moya Pons también responde a los criterios de un historiador mayor. Ha dictado más de ciento ochenta conferencias en universidades y centros de investigación de América Latina, Europa, Asia y Estados Unidos, llevando la historiografía dominicana a circuitos globales de pensamiento. Esta presencia no solo ha difundido el conocimiento histórico nacional, sino que ha situado a la República Dominicana en el mapa intelectual de las ciencias sociales. Su carrera pública y cultural ha estado marcada por la conducción de proyectos de alto impacto: fue director ejecutivo del Fondo para el Avance de las Ciencias Sociales, responsable del Museo de las Casas Reales, presidente de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos y secretario de Estado de Medio Ambiente y Recursos Naturales, cargo desde el cual reafirmó su compromiso personal con la protección de los ecosistemas y su conocida sensibilidad hacia la naturaleza. Su compromiso con el entorno se extiende a organismos como el Plan Sierra y la Fundación Patronato Cueva de las Maravillas, dedicados a la conservación de los recursos naturales y la valorización del patrimonio nacional.
Presidió la Academia Dominicana de la Historia, desde donde fortaleció el estudio y la difusión del pasado nacional. La presidencia de Frank Moya Pons en la Academia Dominicana de la Historia representó una etapa de madurez institucional y renovación epistemológica en el abordaje del pasado nacional. Durante su gestión, la Academia reafirmó su misión fundacional: investigar, preservar y difundir el devenir histórico dominicano, no como simple acumulación de datos, sino como ejercicio crítico orientado a la formación ciudadana y al fortalecimiento del pensamiento histórico. Como historiador de sólida formación y sensibilidad filosófica, orientó la institución hacia una práctica historiográfica más reflexiva, consciente de la complejidad de las fuentes, la pluralidad de narrativas y la necesidad de interpretar el pasado con herramientas teóricas actualizadas. Bajo su liderazgo, se fortaleció la biblioteca especializada, se impulsaron publicaciones de alto valor académico y se ofreció asesoría experta a organismos públicos en asuntos históricos, posicionando a la Academia como referente legítimo en debates sobre identidad, memoria y nación. Más allá de lo administrativo, su actuación encarnó una visión del historiador como mediador entre el archivo y la sociedad, entre el dato y el sentido. La Academia no solo conservó documentos: los interrogó, los contextualizó y los convirtió en insumos para la reflexión crítica. Así, Moya Pons transformó la función de la institución en un laboratorio de interpretación histórica, donde el pasado se estudió no para repetirlo, sino para comprenderlo y resignificarlo.