De señal a señal
París, en toda libertad
París es un espacio urbano de libertad incomparable en el mundo. La división territorial de esta capital, organizada en arrondissements que corresponden a zonas residenciales, revela que cada una posee su característica, su identidad. Porque si hay un París de todos y para todos, hay un París para cada uno de nosotros en nuestra individualidad.

PARÍS
París es una ciudad que responde a la respiración cultural, anímica y emotiva de quien vive en ella, de quien la visita, de quien la pisa y de quien la honra. Puedes ser parisino del París 18, y en ese París 18 arrodillarte en la basílica del Sacré-Cœur, pero a pocos pasos caminar por la altura del cerro hacia el pueblo y detenerte ante la plástica viva de artistas improvisados que, desde caballetes y mesas, difunden una imagen, una visión de la ciudad, junto a obras propias que buscan su clientela en la plaza.
Sigues bajando y te encuentras con bares y cabarés que todavía conservan el aliento de Modigliani, de Picasso y de tantos otros que pausaron sus imaginarios hasta concretar la factura de su última obra. Pero puedes salir de esa bohemia, descender la calle y encontrarte con el París nuevo, donde persisten las imágenes emblemáticas de la ciudad. Porque París es un país-ciudad donde se desbordaron todos los erotismos, ya fuese en la aventura del cabaret o en el french cancan.
Hoy, mi París es primavera, como bien lo cantaba Ella Fitzgerald en “April in Paris”. Nadie puede olvidar ese tono de voz que, entre soul y blues, nos invita a deambular por sus calles. Y claro, recordar a Hemingway y dirigirnos a la Contrescarpe, bajar las callejuelas del Barrio Latino, desde el Bateau-Lavoir hasta los andenes del Sena, donde todavía hoy mendigos, bohemios y jóvenes comparten un salchichón, descorchan una botella de vino y comen un sándwich de baguette con jamón.
Cómo no pasar por Notre Dame y luego llegar a la Bastilla. Es ahí donde comienza mi París: el París 11, el de los arrabales. Mi París 11, donde al caminar por la rue Saint-Antoine, en el faubourg, paso frente a la boutique de Jean Paul Gautier y continúo hasta llegar al parque que siempre mantiene en mí el spleen de mi París, esté donde esté en el mundo.
En ese parque, en el kiosco, recuerdo a los niños balanceándose en caballitos de madera. Y si sigo más lejos, por las callejuelas, llego al Marché d’Aligre, donde se exhiben los vegetales primaverales, los frutos renovados del vergel y los peces reencontrados tras el frío: atún, lubina, camarones de todos los orígenes.
Allí anida mi París, el París de todos. Un marroquí del Rif me vende el mejor ajo y las mejores cebollas; un mauriciano hindú, el mejor curry; un argelino y un tunecino ofrecen el mejor tabulé con aceitunas y almendras maduras. Y un poco más allá, mi amigo Salomón, judío sefardita, propone marcas de temporadas pasadas a precios que hacen accesibles nombres como Gucci o Chanel.
Es ahí donde me desbordo en pequeños regalos que hacen brillar los ojos de mis amistades dominicanas cuando regreso con un perfume, un accesorio, un detalle que, aunque no sea de la última colección, conserva intacto su valor simbólico.
Subimos de nuevo por la rue Saint-Antoine hasta la Plaza de la Nación, donde los domingos se despliega un pulguero desde el boulevard Voltaire. Allí aparecen bolsos de los años 50 y 60, pieles que evocan otra época, cuando la conciencia animal era distinta. París también es eso: gente que limpia sus casas en primavera y verano, y en una cesta olvidada puedes encontrar un vino de 20, 30 o 40 años, vendido por 10 o 20 euros. Y piensas: si no lo bebo, haré un gallo al vino. Imagínese un gallo al vino con un vino de 40 años.
Ese París de la variedad, de la ciudadanía, ese París que se adapta a tu personalidad, es el París de las calles, de las terrazas, de las galerías y los museos abiertos. Es el París donde el ciudadano se detiene en un bistró entre dos jornadas de trabajo: rápido al mediodía, pausado al final de la tarde.

PARÍS
Allí tomas una caña, un kir o incluso leche con fresa, acompañado de una baguette con paté del campo, queso gruyère o camembert, o una porción caliente de quiche lorraine. Mientras tanto, ves pasar a los mayores con su carrito de compras y su baguette bajo el brazo, y de repente una horda de jóvenes en patines ocupa la ciudad, porque París es ahora ciclable, y se deslizan con los brazos abiertos, celebrando la libertad.
Las fachadas de piedra de principios de siglo parecen monumentos vivos. En primavera, la arboleda —robles, acacias, pinos— se llena de vida, y los ciudadanos plantan flores al pie de los árboles: margaritas, amapolas, pequeños jardines improvisados. Así llegas al parque Trousseau, donde un estanque recibe aves migratorias, patos, garzas, peces de colores. Alrededor, asociaciones cuidan pequeños jardines donde florecen rosas, romero, menta y amapolas.
En ese césped, los trabajadores sincronizan su almuerzo en forma de picnic. Y ese París que deambula en libertad es el París-ciudad, el París-país, donde el ciudadano se apropia de su espacio sin que la ciudad limite su felicidad. A cada esquina, una panadería; a cada esquina, una chocolatería. Y en ese París 11 puedes encontrar tanto un bistró popular como una de las mejores chocolaterías de Francia, donde se elabora un pastel llamado “Equinoxe”.
Y mientras caminas, oyes las voces de la juventud, de la gente comprando, pero sobre todo oyes el silencio. Sí, el silencio se oye. Y ese silencio te invade, te calma, te expande.
Ese silencio es montaña dentro de la ciudad.
París es esa ciudad abierta que garantiza que una ciudad es ciudad cuando vive su ciudadanía, porque en ciudadanía está la ciudad, y en ciudadanía está la democracia.
Eso es París.