Guardianes de la verdad Opinión

Soberanía energética

Sin energía propia no hay libertad

El Gobierno debe declarar de interés nacional la expansión acelerada de la energía solar y eólica

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Gabriel del Gotto
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La guerra iniciada entre Estados Unidos e Israel contra Irán deja una lección brutal: un país que no controla su energía no controla su destino.

República Dominicana no puede seguir dependiendo del petróleo importado como si eso fuera normal. No lo es. Es una debilidad estratégica. Cada conflicto en Medio Oriente, cada sobresalto del mercado y cada amenaza sobre rutas clave termina golpeando aquí el bolsillo, el transporte, los alimentos y la estabilidad. Seguimos pagando guerras ajenas porque seguimos atados a combustibles ajenos.

Pero la verdad incómoda no termina ahí. Ni los socios son confiables, ni los grandes intereses del petróleo tienen como prioridad la libertad de la República Dominicana. Y tampoco los grandes importadores locales ni las grandes generadoras han demostrado estar a la altura del crecimiento del país ni exhibir la responsabilidad social necesaria para merecer el nivel de control que han acumulado. Los últimos apagones generales dan fe de ello.

Por eso ya no basta con administrar crisis ni maquillar la dependencia. Hay que cambiar de rumbo. El Gobierno debe declarar de interés nacional la expansión acelerada de la energía solar y eólica, fortalecer el almacenamiento y abrir una discusión seria sobre energía nuclear, incluyendo pequeños reactores modulares, una tecnología que ya dejó de ser futurismo y ha empezado a tomar forma en la región. No por moda. No por pose. Por supervivencia nacional.

Sí, ha habido avances. La capacidad renovable ha crecido con fuerza en los últimos años, con más proyectos, más inversión y más peso dentro de la matriz eléctrica. La propia CNE ha reportado un crecimiento superior al 116 % en capacidad renovable frente a 2020, y el Gobierno ha informado que la capacidad solar y eólica ya supera los 2,000 MW. Pero no basta. El mundo que salga de esta crisis será más inestable, más hostil y menos predecible.

La diferencia es simple: el petróleo hay que comprarlo, traerlo y esperar que el mundo no reviente. El sol y el viento están aquí. Son nuestros. No pasan por estrechos militarizados ni dependen del humor de ninguna potencia. Esa es la discusión real: no solo qué energía es más limpia, sino cuál nos hace menos vulnerables y más libres.

También llegó la hora de crear condiciones reales para electrificar el transporte, expandir la infraestructura de carga y dejar de tratar los vehículos eléctricos como una extravagancia de minorías. Un país que quiere soberanía energética no puede seguir moviéndose con lógica del siglo pasado.

La soberanía no se declama. Se genera.

Y todo el que no entienda que la seguridad energética ya es una cuestión de seguridad nacional está pensando con un mapa viejo en un mundo que ya cambió.

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