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República Dominicana

El transporte colectivo al que debemos acostumbrarnos

Durante décadas en la República Dominicana, hemos construido nuestra cultura de movilidad sobre la improvisación

Tránsito en Santo Domingo

Tránsito en Santo DomingoPeriódico HOY

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Durante décadas en la República Dominicana, hemos construido nuestra cultura de movilidad sobre la improvisación. Los carros de concho que se detienen donde el pasajero levanta la mano, las guaguas que compiten por clientes en plena vía y los motoconchos que resuelven lo urgente han sido parte del paisaje urbano y de nuestra cotidianidad.

Han cumplido una función social innegable: conectar barrios, generar empleos y ofrecer soluciones rápidas ante la ausencia de un sistema estructurado.

Sin embargo, las ciudades cambian. Crecen. Se densifican. Y con ese crecimiento, lo que antes era funcional comienza a convertirse en caos.

La llegada del Metro de Santo Domingo marcó un antes y un después en nuestra manera de movernos. Por primera vez, el país apostó por un sistema masivo, organizado, con estaciones definidas y horarios establecidos.

Más adelante, el Teleférico de Santo Domingo rompió paradigmas al integrar comunidades históricamente marginadas a un modelo de transporte digno y moderno.

Ahora vemos un paso adicional con las nuevas rutas de autobuses que han sustituido los carros de concho en avenidas como la Núñez de Cáceres, la Winston Churchill y, más recientemente, la Independencia.

Estas rutas operan con paradas exclusivas, carriles definidos y mayor capacidad de pasajeros. Para muchos, esto ha significado incomodidad inicial: ya no es posible detener el vehículo en cualquier punto. Hay que caminar hasta una estación. Hay que respetar una fila. Hay que esperar.

Pero esa es precisamente la transición que debemos asumir.

En ciudades como Madrid, Bogotá o Ciudad de México, el transporte colectivo funciona bajo reglas claras.

Existen paradas establecidas, carriles exclusivos y sistemas integrados que conectan metro, autobuses y otros medios de transporte. En Medellín, por ejemplo, el sistema integra metro, metrocable y tranvía, creando una red articulada que ha transformado la movilidad urbana y la calidad de vida.

Ninguno de esos cambios fue cómodo al inicio. Toda reforma estructural implica resistencia. Pero el orden termina imponiéndose cuando se demuestra que reduce el tiempo de traslado, mejora la seguridad vial y dignifica al usuario.

El modelo del carro de concho que se detiene donde quiera, que carga más pasajeros de lo permitido, que compite agresivamente en las vías no puede coexistir indefinidamente con una visión de ciudad moderna. No se trata de despreciar lo que por años sostuvo la movilidad popular, sino de evolucionar hacia un sistema más seguro, eficiente y sostenible.

La organización del transporte no solo impacta la circulación vehicular; también incide en la economía y en el medio ambiente. Un sistema masivo reduce emisiones, disminuye accidentes y optimiza el uso del espacio urbano. Las avenidas dejan de ser territorios de competencia informal para convertirse en corredores estructurados.

En esa misma línea, el avance hacia el monorriel en Santiago de los Caballeros representa una apuesta estratégica para descentralizar el desarrollo del transporte moderno. Este proyecto no es un lujo; es una necesidad ante el crecimiento acelerado de la ciudad. Asimismo, resulta coherente que se proyecte un monorriel para Santo Domingo, consolidando una red multimodal que integre metro, teleférico y autobuses.

La clave está en la integración. No basta con sustituir rutas; es necesario articular un sistema único, con una tarjeta común, horarios coordinados y planificación urbana alineada con el transporte. Las grandes ciudades del mundo han entendido que la movilidad no es un servicio aislado, sino el eje sobre el cual gira el desarrollo económico y social.

Como sociedad, debemos asumir que la cultura del “donde me conviene me paro” pertenece a una etapa que ya está quedando atrás. Adaptarnos no significa perder identidad; significa avanzar. El transporte colectivo organizado no es un capricho gubernamental, es una condición indispensable para competir, atraer inversión y mejorar la calidad de vida.

La República Dominicana está transitando de la improvisación a la planificación. Y aunque el proceso pueda generar molestias temporales, el destino es claro: ciudades más ordenadas, más seguras y más humanas.

Acostumbrarnos a este nuevo modelo no es una opción; es una responsabilidad compartida. Porque el desarrollo no se improvisa, se construye. Y el transporte colectivo es una de sus columnas fundamentales.

Sobre el autor
Cristian Mota

Cristian Mota

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