Guardianes de la verdad Areíto
HOY DIGITAL
Publicado por

Creado:

Actualizado:

POR: GUILLERMO SENCIÓN VILLALONA

En la parte introductoria de la primera edición del libro biográfico y de aventuras, Papillón, está escrito lo siguiente:

“Este libro, sin duda, nunca habría existido si, en julio de 1967, en los periódicos de Caracas, un año después del terremoto que la había asolado, un joven de sesenta años no hubiese oído hablar de Albertine Sarrazin. Ese pequeño diamante negro, todo fulgor, risa y coraje, acababa de morir.

Había adquirido celebridad en el mundo entero por haber publicado, en poco más de un año, tres libros, dos de ellos sobre sus fugas y sus prisiones. Aquel hombre se llamaba Henri Charriére y regresaba de lejos, del presidio, para ser exactos, de Cayena, donde “subiera” en 1933; un hombre del hampa, sí, pero por un crimen que no había cometido y condenado a cadena perpetua, es decir, hasta su muerte.

Henri Charriére, alias Papillón, en otro tiempo entre el hampa, nacido francés de una familia de maestros de escuela de Ardche, en 1906, es venezolano, porque este pueblo ha preferido su mirada y su palabra a sus antecedentes penales, y porque trece años de evasiones y de lucha por escapar del infierno del presidio perfilan más un porvenir que un pasado.

Así, pues, en julio de 1967, Charriére va a la librería francesa de Caracas y compra El astrágalo. En la faja del libro, una cifra: 123,000 ejemplares. Lo lee y, después, se dice sencillamente: “Es bueno, pero si la chavala, con su hueso roto, yendo de escondite en escondite, ha vendido 123,000 ejemplares, yo, con mis treinta años de aventuras, venderé tres veces más”.

Palabras premonitorias, porque Papillón desde que fue publicado atrajo las miradas de diversos tipos de lectores, desde el más exigente hasta el complaciente por naturaleza, con éxito por partida doble: editorial y cinematográfico (película homónima estrenada en 1973).

Gabriel García Márquez dijo que tomó la iniciativa de ser narrador cuando una noche leyó las primeras palabras de La metamorfosis, de Kafka:

“Al despertarse Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto. Hallábase echado sobre el duro caparazón de su espalda, y, al alzar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro”.

Entonces reaccionó,
asombrado:

“¡Carajo!, pero si así hablaba mi abuela, descubrió que “eso” también era literatura, que esas cosas se podían contar “si existía otra línea, otro canal para hacer literatura”. Y en un artículo titulado Asombro por Juan Rulfo, fechado viernes 19 de septiembre de 2003, dice:

“El descubrimiento de Juan Rulfo -como el de Franz Kafka- será sin duda un capítulo esencial de mis memorias”.

Añade:

“Mi problema grande de novelista era que después de aquellos libros me sentía metido en un callejón sin salida y estaba buscando por todos lados una brecha para escapar. Conocí bien a los autores buenos y malos que hubieran podido enseñarme el camino y, sin embargo, me sentía girando en círculos concéntricos, no me consideraba agotado; al contrario, sentía que aún me quedaban muchos libros pendientes, pero no concebía un modo convincente y poético de escribirlos.

En ésas estaba, cuando Álvaro Mutis subió a grandes zancadas los siete pisos de mi casa con un paquete de libros, separó del montón el más pequeño y corto, y me dijo muerto de risa: »Lea esa vaina, carajo, para que aprenda»; era Pedro Páramo.

Puedes leer: La revolución de los italianos. Perfiles genealógicos: Pablo Alí

Aquella noche no pude dormir mientras no terminé la segunda lectura; nunca, desde la noche tremenda en que leí La metamorfosis de Kafka, en una lúgubre pensión de estudiantes de Bogotá, casi 10 años atrás, había sufrido una conmoción semejante. Al día siguiente leí El llano en llamas y el asombro permaneció intacto; mucho después, en la antesala de un consultorio, encontré una revista médica con otra obra maestra desbalagada: La herencia de Matilde Arcángel; el resto de aquel año no pude leer a ningún otro autor, porque todos me parecían menores”.

Comentarios como los de Charriére y García Márquez sobre la inspiración o motivación para hacer sus novelas, contribuyen de manera significativa al estudio de sus grandes construcciones artísticas. Orientan a los estudiosos sobre el origen de los recursos estilísticos usados por esos autores, como tonos, ritmos, técnicas e inventivas. Luego viene, desde luego, la marca personal, los artificios.

La lectura del libro de Albertine Sarrazin (Argelia, 1937-Francia, 1967) seguro tuvo alguna influencia en Charriére.

El texto mereció estas palabras de Simone de Beauvoir: “Sarrazin tiene un tono maravilloso y un estilo impresionante”.

En el caso de García Márquez, mencionó también a la inglesa Virginia Woolf y a los norteamericanos William Faulkner y Ernest Heminguay, como escritores que tuvieron una influencia decisiva en su desarrollo como narrador, así como a Juan Bosch en la técnica propia del cuento.

El antecedente geográfico de la comarca Macondo (Aracataca, lugar de nacimiento de García Márquez) es el condado estadounidense de Yoknapatawpha, trabajado por Faulkner en sus novelas.

Cuando leemos las novelas de García Márquez, considerado el máximo exponente de aquel mágico realismo, percibimos una escritura permeada de una extraordinaria imaginación y un humor desbordante.

El tratamiento narrativo es totalmente novedoso.

Consecuente con su idea de que una novela debe impresionar al lector desde su primer párrafo, dejó, como Cervantes, en el Quijote, una frase imperecedera, inolvidable para los lectores y que resume toda la imaginación, expresividad, humor, sobriedad en el uso del lenguaje, recursos estilísticos, tensión dramática, gracia e ingenio, puestos en las deslumbrantes páginas de su extraordinaria novela Cien años de soledad.

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

Cien años de soledad (cien años en la historia de Macondo), publicada por primera vez el 5 de junio de 1967, en Argentina, fue el resultado de un proyecto que García Márquez iba madurando durante muchos años, con sucesos, personajes, ambientes y escenarios plasmados en textos anteriores, como El coronel no tiene quien le escriba, La hojarasca, Un día después del sábado, Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo, en algunos de los cuales figuran Aureliano Buendía y el poblado Macondo.

También está la inclusión en Cien años de solead, del personaje Lorenzo Gavilán, de la novela La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes.

La anécdota que cuenta García Márquez es impactante: “Uno de esos lectores muy concienzudos que tiene uno a veces, le escribió a Carlos Fuentes diciéndole que Lorenzo Gavilán, personaje de su novela La muerte de Artemio Cruz, se había extraviado. Le preguntaba qué había pasado con él y por qué no le daba ninguna solución en el libro.

Fuentes revisó la novela y se dio cuenta de que era verdad. Me contó el caso. «Esto lo arreglamos», le dije. Por eso es que Lorenzo Gavilán, el del cinturón con hebilla moreliana, muere en la huelga de bananeros en Macondo”.

La narrativa garciamarquiana tuvo mayor fama y difusión luego del éxito rotundo y la espectacularidad en las ventas, de Cien años de soledad, debido a que los lectores escudriñaron expectantes en la novelística anterior del escritor, miembro de primera fila del llamado Boom hispanoamericano que inundó de títulos a ambos hemisferios con las obras de Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, José Donoso, Miguel Ángel Asturias, Juan Carlos Onetti y Carlos Fuentes, entre otros.

En principio, Cien años de soledad llevaría por título La casa, lo que se explica porque de ese terruño desolado de los Buendía es de donde surgen y se expanden como rayos de sol los innumerables acontecimientos ocurridos en el seno de esa mítica familia y sus extraños visitantes.

Desfilan por las páginas esos personajes alienados, caprichosos, egocéntricos, arbitrarios, ilusos, obsesivos y cortantes en sus opiniones sobre las cosas que les rodean. Todo manejado bajo la fórmula del Realismo mágico.

Cuando la novela todavía estaba pensada con ese nombre, el “Gabo” comentó:

“La tenía tan madurada que hubiera podido dictarle allí mismo, el primer capítulo, palabra por palabra, a una mecanógrafa”.

El cambio de nombre fue decidido para evitar confusiones con la novela La casa grande, del escritor también colombiano Álvaro Cepeda Samudio.

Sus temas centrales son básicamente la soledad, el incesto y las guerras civiles. Aunque luzca paradójico, en ese mundo alucinante también ocupa un lugar la ciencia.

Hay ediciones que contienen un árbol genealógico, lo que facilita a los lectores desentrañar el laberinto que representan los repetidos nombres de los personajes.

El escritor colombiano Eduardo Zalamea Borda se refirió al entonces muy joven Gabriel y a su técnica o estilo, con estas palabras:

“Dentro de la imaginación puede pasar todo. Pero saber mostrar con naturalidad, con sencillez y sin aspavientos la perla que logra arrancársele, no es cosa que puedan hacer todos los muchachos de veinte años que inician sus relaciones con las letras”.

Esa opinión de Zalamea tiene mucho peso, ya que como falleció en 1963, sólo conoció de García Márquez sus primeros cuentos y la primera novela, La hojarasca.

Juan Bosch escribió:

“…es mucho más que una novela, o si se prefiere, renueva el género y le inyecta dimensiones y valores que hasta ahora no había tenido la novela.

…el juicio sobre Cien años de soledad tiene que ser una tarea personal e intransferible de cada lector, al menos mientras no aparezca un crítico excepcional que pueda desmontar pieza a pieza el mecanismo de esa alma y pueda explicar a los lectores donde está el secreto de su originalidad”.

Pablo Neruda opinó:

“Es la mayor revelación en lengua española desde el Quijote de Cervantes”.

Personajes fabulosos como José Arcadio y Aureliano Buendía, Úrsula Iguarán, Amaranta Úrsula, Remedios la Bella, Melquíades y Mauricio Babilonia, fueron creados para permanecer en la memoria de los tiempos arrastrados por el polvo de los caminos, en esa deslumbrante aventura tocada con esa precisa y formidable prosa poética que lo llevó a declarar, al otorgársele el Premio Nobel de Literatura en 1982, que esperaba que con ese reconocimiento haya sido premiada la poesía.

Uno de los atractivos que ofrece la historia para volverse irresistible al lector reside en el hecho de que, aunque fue estructura con párrafos extensos, los mismos son a la vez intensos.

Puedes leer:

El impacto que causó su salida se puede medir con este dato: dos semanas después del 30 de mayo de 1967, fecha de la primera edición, se había agotado, entonces salían tiradas mensuales y en 1997, habían salido de imprenta cerca de 30 millones de ejemplares en diversos idiomas.

El último párrafo es tan impactante como el primero:

“Entonces dio otro salto para anticiparse a las predicciones y averiguar la fecha y las circunstancias de su muerte. Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por los vientos y desterrada de la memoria los hombres en el momento que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”.

Santo Domingo, D. N.
República Dominicana
6 de mayo, 2023.

Publicado para el libro
Gabriel García Márquez, una mirada de escritores dominicanos.
Idea y coordinación:
Verónica Sención

Sobre el autor
HOY DIGITAL

HOY DIGITAL

tracking